Al-Ándalus y la raíz de nuestra convivencia

El filósofo británico Alasdair McIntyre caracteriza la época actual por la imposibilidad en ponerse de acuerdo con otros. Él lo atribuye al fracaso demostrado por el racionalismo propio de la modernidad. Efectivamente, se ha ido abriendo una brecha, cada vez mayor, entre el discurso racional y lo que efectivamente se hace. Lo que viene a ser demagogia. Hoy, cada cual nos creemos en posesión de una verdad que no cuestionamos, que ni siquiera hemos pensado y que tratamos de imponer a los demás a toda costa.


Así estamos; creyéndonos todas las mentiras que los logaritmos informáticos y los manipuladores sin escrúpulos nos insuflan a través de la tecnología digital. En términos generales, lo que nos explican de la historia también suele estar mediatizado por intereses que se esconden tras la supuesta «objetividad científica». No siempre hay mala fe. En muchos casos son los prejuicios o predialogales de la época los que llevan a dar veracidad a determinadas informaciones o puntos de vista.

En España, por ejemplo, existe un prejuicio generalizado hacia el no reconocimiento de una de la más importante parte de nuestra historia como fue Al-Ándalus. Se viene a considerar que los islámicos irrumpieron en una Europa cristiana y, aunque se les reconozca un cierto aporte cultural, luego de la «Reconquista» se marcharon. Se trata de una ruptura, de una negación de nuestro propio pasado, de lo que somos en definitiva, que, posiblemente, no se ha analizado lo suficiente para comprender nuestros problemas de identidad y esa división perpetua que nos aqueja. Integrar el propio pasado permite reconocerse libre para definir lo que se es y lo que se quiere.

La expulsión de judíos y musulmanes españoles en 1492 fue una cagada histórica cuyas consecuencias arrastramos hasta el día de hoy.Haz click para twittear

La edad media española estuvo caracterizada, en su mayor parte, por un período en el que convivieron las tres grandes religiones monoteístas: judíos, cristianos y musulmanes en un clima de relativa tolerancia e intercambio. En torno al siglo X fue la época de clímax cultural y social como un momento humanista considerado por algunos autores como el inicio del Renacimiento. Ciertamente florecieron los estudios y traducciones de pensadores clásicos así como la propia especulación intelectual elaborada por grandes filósofos como los cordobeses Maimónides, Ibn Hazm, Averroes, el zaragozano Avempace o el almeriense Ibn Tufayl que influenciaron en gran medida en pensadores de la época Moderna. Hubo esplendor económico y progreso artístico, científico y cultural. La llamada Escuela de traductores de Toledo, institucionalizada por Alfonso X El Sabio, aprovechó ese clima de armonía para verter en el mundo cristiano traducciones al latín del conocimiento árabe y la cultura griega que llegarían a los primeros renacentistas italianos.

Todo ese bagaje cultural forma parte de nuestra cultura y está muy presente en todos los ámbitos de nuestra vida: en la arquitectura, en la gastronomía, en el lenguaje… Compartimos, como el resto de pueblos mediterráneos, una esencia de mestizaje cultural que nos enriquece como seres humanos y que nos aboca a la apertura, a la tolerancia con otros. Cuando negamos u ocultamos nuestra raíz indulgente nos convertimos, compensatoriamente, en doblemente inflexibles con nuestros propios hermanos y tenemos que justificarnos mediante todo tipo de demagogia.

La expulsión de judíos y musulmanes españoles, proclamada por los Reyes Católicos en 1492, fue una gran cagada histórica que fue justificada como un avance hacia la Modernidad dejando una herida abierta cuyas consecuencias arrastramos hasta el día de hoy. Quien no aprende de sus errores está condenado a repetirlos.

No se trata de entonar un mea culpa aunque, en este caso, no haya la más mínima conciencia del error histórico cometido. Del mismo modo que no podemos sentirnos culpables por el genocidio cometido por los «Conquistadores» de América. Son acontecimientos demasiado lejanos para que nos afecten personalmente. Pero sí podemos aprender y relacionarlos con hechos más recientes, por ejemplo, desde la guerra civil hasta la actualidad. Reconciliarnos con nuestro pasado nos permitiría comprender que nuestro destino es la converger en la diversidad. Hasta que no lo hagamos no podremos vivir en paz.