Definir la concepción del ser humano para poder entendernos

La tarea de la filosofía es fundamentalmente crítica. Cualquier persona que desee filosofar, es decir, hacer una reflexión crítica sobre el mundo en que vive, necesariamente debe poner distancia, ampliar su perspectiva tratando de abarcar el mayor horizonte posible. Esa mirada alejada, por tanto, más desapegada y desprejuiciada, le permite establecer análisis y relaciones sobre lo que pasa en el mundo y lo que sería más adecuado hacer. De este modo, como decía Husserl toda teoría es práctica. Toda filosofía es filosofía práctica.

 

El párrafo anterior es muy bonito pero, en este ajetreado mundo aguijoneado de problemas, cómo diablos hace uno para «mirar con distancia». Empecemos tratando de definir en qué consiste tal aptitud.

En términos generales solemos atribuir lo que nos pasa a factores externos. Hay quien habla de su mala suerte. Hay quienes creen que el mundo está en su contra. Hay quienes tienen creencias negativas sobre sí mismos (soy tonto, soy feo, soy malo…) y sobre los demás, etc. Y, en consecuencia con esta forma de mirar «apegada» a lo externo, buscamos soluciones también externas, que no tienen que ver con nosotros. El caso más extremo (pero muy común) es el de la astrología. Uno tiene un problema personal y acude al astrólogo. No negamos que la conjunción de Júpiter con Saturno tenga algo que ver con que mi pareja me ponga los cuernos. Estamos describiendo un tipo de mirada, una actitud inveterada, que nos impide ver la relación del mundo, de lo que nos pasa, con nosotros mismos. Incluso la referencia al «karma» en muchas ocasiones se convierte en buena excusa para no hacer una reflexión profunda. Baste observar a cada uno la infinidad de justificaciones y de reproches a las que apela en el argumentario de lo que le acontece.

¿Qué tiene que ver conmigo?

La pregunta clave es ¿qué tiene que ver conmigo? No en el sentido de culpabilizarme, lo que me mantendría en la misma actitud apegada, sino en el sentido de comprender la situación para rescatar experiencia y aprender de ella. Que mi pareja me ponga los cuernos porque es una cretina no me sirve de nada. Tampoco la justifica. Pero si me pregunto qué tiene que ver conmigo puedo descubrir cosas que sí me pueden servir. Por ejemplo, los errores que cometo al elegir mis relaciones, o aspectos en los que debería mejorar porque resulta que, a lo mejor, yo tampoco soy muy confiable, o determinadas carencias que me generan dependencia… Aspectos todos que puedo modificar.

Estamos diciendo que la mirada crítica del filósofo (del que reflexiona sobre su situación) necesita ampliar su horizonte y que, para ello, debe partir de sí mismo porque de otro modo no podría poner la distancia necesaria para hacer un análisis comprensivo y práctico. Responder a la pregunta ¿qué tiene que ver conmigo? inmediatamente nos distancia a la vez que nos relaciona con lo que está pasando. En términos filosóficos responde a lo que Ortega llama el plano de la realidad radical, que es nuestra vida, y que consiste, básicamente, en decidir entre las posibilidades que nos encontramos en la circunstancia que nos ha tocado vivir.

En el campo antropológico, también Rousseau expresa una idea parecida cuando explica que para conocer al hombre (lo que nos hace iguales) hemos de observar a los hombres (lo que nos diferencia) pero conocemos a los hombres cuando al buscar la semejanza (distanciando la mirada) nos hacemos conscientes de la diferencia (nos descubrimos a nosotros mismos).

Esta mirada que, para distanciarse, necesita partir de sí misma nos permite descubrir lo obvio. Aquello que por descontado no tenemos en cuenta pero que resulta ser el elemento esencial para comprender la realidad que vivimos.

Hemos visto el horizonte cotidiano con el ejemplo de la infidelidad. Hemos visto el horizonte antropológico donde la observación de otras culturas (desde este tipo de mirada) nos permite ampliar el conocimiento de la propia y del fenómeno cultural, en general. Y hemos visto el horizonte filosófico que nos lleva a la pregunta universal y definitiva: ¿qué es el ser humano?

¿Qué es el ser humano?

Toda esta introducción para preguntarnos por la definición del ser humano ¿Por qué? Porque al final, detrás de todo acto humano, de toda interpretación de la realidad, hay una concepción del ser humano que la determina totalmente y que, por obvia, no se tiene en consideración. Esta imagen del ser humano actúa como configuración de mi forma de ser, como una especie de «filtro» a través del cual construyo la realidad del mundo y de mi mismo. Ese filtro actúa en diversos planos dependiendo de la distancia que ponga a mi mirada o perspectiva. De este modo puedo atender a lo que creo de mí mismo, a mi biografía, motivaciones, etc. para comprender mi conducta cotidiana. Puedo ampliar el horizonte a la cultura en que vivo y descubrir la relación entre mi forma de pensar, sentir y actuar con la del conjunto de las instituciones, usos, costumbres, valores y modelos de la sociedad en que vivo. Y, finalmente, alcanzar a la estructura que lo engloba todo y que nos configura como especie tocando, en su raíz, los temas fundamentales de la vida humana. Y este sería el plano estrictamente filosófico.

Detrás de todo acto humano hay una concepción del ser humano que lo determina totalmente y que, por obvia, no se tiene en consideraciónHaz click para twittear

Si nuestra vida cotidiana y el funcionamiento de la sociedad está determinado por la concepción del ser humano que opera en nosotros parece de interés aplicar una mirada crítica filosófica para hacerla explícita y proceder a modificarla. En definitiva, no vivimos en el mejor de los mundos. Una nueva imagen del hombre a través de la cual podamos configurar una nueva realidad parece una propuesta interesante.

Rastreando una definición

Pero ahora se trata de develar nuestra concepción del ser humano. La dificultad estriba en que hemos de descubrir nuestro «filtro» pero no podemos distanciarnos de él porque se hace invisible para nosotros. Efectivamente, ¿cómo descubrir nuestra concepción del ser humano mientras vivimos en ella? No podemos definir nuestra propia época porque estamos insertos en ella entonces, para distanciarnos, tenemos que observar las épocas antecedentes para rastrear los elementos que puedan seguir vigentes en la actualidad. Digamos que a toro pasado es más fácil. Por ejemplo, los protagonistas del Renacimiento no eran conscientes de que estaban viviendo en el Renacimiento. Sólo a posteriori se determinaron las características de ese momento histórico y se le dio una definición.

De todas formas está fuera de los límites de este artículo emprender tamaña tarea. De modo sucinto podemos enumerar algunos elementos que se podrían encontrar en ese rastreo histórico. Por ejemplo, la definición ser humano como animal racional y social proviene de la antigua Grecia con el famoso paso del mito al logos. También la visión dualista del mundo deviene de la tradición órfica que influyó en Platón y Aristóteles, y se introdujo en el pensamiento cristiano a través de la traducción griega de la Biblia. De ahí tenemos, por ejemplo, la idea de que la persona se divide en cuerpo y alma.

Pero para los griegos el mundo era eterno (circular) y por tanto, el ser humano no tenía historia. La concepción histórica del ser humano nace con la Creación del mundo, por parte de Dios. En el pensamiento hebreo aparece la historia circunscrita al pueblo elegido. El cristianismo incorpora los elementos anteriores añadiendo a la historia un carácter universal pues todos somos hijos de Dios. En la concepción cristiana el hombre está determinado por Dios. Su alma es inmortal pero su cuerpo es fruto del pecado. El Renacimiento incorpora una revalorización del ser humano y sienta las bases de la desacralización y el nacimiento de las ciencias de la naturaleza.

La Conquista de América también es un momento muy importante por el impacto que produce la «ampliación del horizonte cultural» y todas las implicaciones morales que supuso la explotación y persecución de otros seres humanos. La Ilustración vuelve a revalorizar el conocimiento humano que a través de la Razón, como fundamento absoluto, puede lograr las más altas cotas de progreso. Y la imagen del ser humano se va haciendo cada vez más compleja con la introducción de la teoría de la evolución (Darwin), el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Las diferentes visiones ideológicas de la sociedad como el marxismo, el liberalismo (actual neoliberalismo), el fascismo, el psicologismo… Elementos todos que siguen actuando hoy en día en una suerte de síntesis que acaba definiendo al humano como un ser consumidor que transforma el mundo en cada acto de consumo (sic).

La «naturaleza» del ser humano

Qué podemos rescatar de todo esto: Que siempre ha operado en la concepción del ser humano una mirada externa. Así, se define al ser humano, desde la mirada de Dios, o de la Razón, la Patria, la Economía, la Ciencia (en sus diferentes ramas)… elementos todos que, necesariamente, acaban «determinándonos» como «objetos» de esa mirada. Estamos como al principio: apegados a elementos externos ¿Será que una nueva concepción del ser humano dependerá de un simple cambio de perspectiva? ¿En el sentido que aludíamos al comienzo? Lo dejamos aquí de momento.

En la última parte del artículo pondremos algunos ejemplos de la importancia de explicitar la concepción del ser humano para poder entendernos.

Decíamos al comienzo que toda teoría es práctica. Y en la vida humana el comportamiento deriva necesariamente a lo ético o moral. El avance de la ciencia, la cultura y la sociedad nos lleva a enfrentar problemas cada vez más complejos, como por ejemplo, el tema del aborto, la eutanasia, la manipulación genética, la cuestión del género… Por ejemplo, desde la concepción cristiana del ser humano es coherente que esté en contra del aborto porque se está cometiendo un asesinato. Ahora bien, desde otra concepción del ser humano, como la humanista, no lo es pues porque un feto todavía no es un ser humano. En el debate se debería explicitar ambas consideraciones y evaluarlas de forma crítica, es decir, con el mayor alcance.

Sucede lo mismo con el tema del género como construcción cultural (Judith Butler afirma que la configuración de género no tiene nada que ver con el sexo) frente a las posiciones biologicistas (que afirman que el sexo es lo único que determina el género). En general hay una indeterminación conceptual y una mirada externa «cosificadora» que lleva a la confrontación y la violencia al presuponer que mi concepción, mi imagen del ser humano, es la única que vale y puede ser impuesta a los demás.

Es imperativo para la época actual superar esa mirada cosificadora para poder afrontar las urgencias que nos apremian desde una perspectiva nueva, acorde a las nuevas posibilidades que nos ofrece nuestra circunstancia. Para ello habrá que explicitar una nueva imagen del ser humano visto desde adentro.

Silo nos propone una concepción del ser humano como ser histórico cuyo modo de acción transforma a su propia naturaleza. Esta propuesta viene a decir que lo que caracteriza al ser humano es que puede crear cualquier cosa que imagine. Efectivamente, empezó ampliando sus posibilidades de supervivencia en la medida que trasformaba una naturaleza sumamente hostil para él. Fue capaz de abstraer conceptos, elaborar lenguajes, modos de relación, complejas formas sociales… Se habilitó para desplazarse por todos los medios incluido el espacio. Modificó su propio cuerpo a través de la medicina, la implantación de prótesis, la manipulación genética…

El ser humano tiene una naturaleza que puede modificar y que modifica constantemente ¿Por qué no podría lograr la inmortalidad física? ¿Por qué no podría trasladar su «psique» a otro tipo de soporte? El hecho de que pueda hacerse estas preguntas implica que son una posibilidad. Y toda posibilidad surge como confrontación con una «naturaleza» que trata de determinarlo poniéndole límites, impedimentos, que debe superar porque los registra como dolor y sufrimiento. Es la lucha por la superación del dolor y el sufrimiento, la proyección de un futuro mejor, lo que pone en marcha el motor de la historia.

El animal tiene una mínima capacidad de modificar su naturaleza y, aún en nuestros parientes más cercanos, está en gran medida codificada en sus genes. Los humanos nacemos en un mundo altamente modificado (por cientos de miles de generaciones anteriores que se continúan en nosotros) y por eso nuestra naturaleza es histórica (tenemos biografía personal y social). Pero si nos quedásemos sólo en esa consideración, en que el ser humano es un ser histórico, volveríamos a recaer en la mirada apegada a lo externo que estamos criticando, pues nos estaríamos determinando por nuestra historia, por nuestro pasado. Contra ese tipo de determinismo se levantó el existencialismo. Sartre afirmaba que el ser humano no tiene esencia sino existencia. Es decir, niega cualquier tipo de naturaleza humana.

Nuestra mirada crítica, esa que nos conduce a ver lo que las cosas tienen que ver con nosotros mismos, nos lleva a concluir que lo natural en el ser humano es el cambio.