El concepto de «revolución» en Ortega y Gasset

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Este artículo pretende hacer una breve aproximación a la idea de «revolución» en Ortega. El objetivo es reflexionar sobre su posible adecuación al momento histórico que nos ha tocado vivir. ¿Se puede hablar hoy de «revolución»? ¿En qué sentido? Si pudiéramos rescatar una dirección revolucionaria en el acontecer actual, seguramente, nos veríamos conducidos a otra meditación más profunda concerniente al hecho de cuál es –o debería ser– nuestra postura al respecto.

Habitualmente se tiene la idea de «revolución» como el enfrentamiento violento contra la injusticia de un orden establecido. Frente a esta concepción, Ortega expone una definición de «revolución» como modificación del estado de espíritu del hombre, de su mecanismo psíquico. La revolución es contra los usos, no contra los abusos –dice Ortega– «Lo menos esencial de las verdaderas revoluciones es la violencia. Aunque ello sea poco probable, cabe inclusive imaginar que una revolución se cumpla en seco, sin una gota de sangre»[i].

La revolución es contra los usos, no contra los abusos. Hay que entender esta idea en un sentido profundo. Por supuesto que no se niega el justo enfrentamiento del hombre a toda situación que lo condicione e impida su progreso. Pero el mismo concepto de «bien» o «mal», de «justicia» o «injusticia» cambia con los tiempos. Así, aquellos que luchan por mejorar sus condiciones de vida y sus oponentes defensores del orden establecido tienen en común mucho más de lo que aparentan. Comparten un mismo paisaje histórico y social. Cuántas veces el nuevo orden revolucionario no resulta ser tan opresor o peor que el anterior. Cuántas veces no se comprende cómo se desvirtuaron aquellas sentidas ideas revolucionarias. Sucede que no se tiene en cuenta el sentido histórico del acontecer humano y, ni mucho menos, se tiene una idea aproximada de cómo es su mecanismo.

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La revolución es contra los usos. Cada ser humano, al nacer, se encuentra en una determinada circunstancia que no ha elegido. Esta circunstancia está constituida por hombres, objetos, acontecimientos, valores, creencias, tradiciones y, en general, una serie de vigencias (o usos) propias de ese momento histórico en el que a uno le ha tocado caer. En ese paisaje que nos encontramos «ya hecho» tenemos que formarnos. Dice Ortega: « […] al animal le es dado el repertorio de su conducta, que va, sin su intervención, gobernada por sus instintos. Pero al hombre le es dada la necesidad de tener que estar haciendo siempre algo, so pena de sucumbir, mas no le es de antemano y de una vez para siempre, presente lo que tiene que hacer. Porque lo más extraño y azorante de esa circunstancia o mundo en que tenemos que vivir consiste en que nos presenta siempre, dentro de su círculo y horizonte inexorable, una variedad de posibilidades para nuestra acción, variedad ante la cual no tenemos más remedio que elegir y, por tanto, ejercitar nuestra libertad.»[ii] De este modo, la vida personal que es, en esencia, libertad, se encuentra limitada por el abanico de posibilidades que le ofrece la circunstancia en que se encuentra. Estas posibilidades se presentan al hombre en forma de facilidades o dificultades en el camino de su vida, pero también, como una estructura de creencias, valores y conductas propias del momento histórico en que vive. Estamos hablando de una sensibilidad y un modo de ver el mundo que constituyen su visión de la «realidad» (paradigma[iii]), aquello de lo que no se hace cuestión porque se «da por hecho» y que, sin embargo, podríamos decir que ejerce la mayor influencia en el momento de decidirse por una u otra opción. En definitiva, no tenemos la sana costumbre de preguntarnos «quiénes somos», de ponernos en contacto con nosotros mismos, con nuestros hábitos de pensamiento, de sentimiento y conducta, sino que, más bien, solemos dar por sentado que somos como somos y el mundo es como es, un poco «porque sí»… Y, desde esa actitud inveterada es difícil comprender cualquier proceso, cualquier cambio, y menos el proceso evolutivo humano que responde a intenciones, a intereses, valoraciones… elementos éstos que no se encuentran en la naturaleza, en el mundo de los objetos. Esta visión cosificadora (positivista) de la realidad humana volverá a ocuparnos más adelante porque, hoy, ha llegado a un punto álgido con el establecimiento del paradigma cultural y social que es el modelo neoliberal que impera.

Volvamos a las palabras de Ortega: « […] en esa área básica de nuestras creencias [nuestra incuestionada visión de la realidad] se abren, aquí o allá, como escotillones, enormes agujeros de duda. Éste es el momento de decir que la duda, la verdadera, la que no es simplemente metódica ni intelectual, es un modo de la creencia y pertenece al mismo estrato que ésta en la arquitectura de la vida. También en la duda se está. Sólo que en este caso el estar tiene un carácter terrible. En la duda se está como se está en un abismo, es decir, cayendo. Es, pues, la negación de la estabilidad. De pronto sentimos que bajo nuestras plantas falla la firmeza terrestre y nos parece caer, caer en el vacío, sin poder valernos, sin poder hacer nada para afirmarnos, para vivir. Viene a ser como la muerte dentro de la vida, como asistir a la anulación de nuestra propia existencia. Sin embargo, la duda conserva de la creencia el carácter de ser algo en que se está, es decir, que no lo hacemos o ponemos nosotros. No es una idea que podríamos pensar o no, sostener, criticar, formular, sino que, en absoluto, la somos. No se estime como paradoja, pero considero muy difícil describir lo que es la verdadera duda si no se dice que creemos nuestra duda.»[iv] En ese contexto hablamos de «revolución». La verdadera revolución se produce cuando hay un cambio profundo en la forma mental, en las creencias, valores, sensibilidad de la gente, en definitiva, una transformación del modo de ver el mundo, del estado de conciencia, de la representación que nos hacemos de la realidad. Lógicamente, esto no se produce de forma instantánea y «porque sí» sino que es preciso que el anterior esquema vigente caduque, deje de tener sentido, de dar respuestas (opciones, posibilidades) al ser humano, es decir, entre en crisis. Cuando una generación se hace cuestión de la realidad, del paisaje humano en que vive, es porque ese sistema de creencias deja de tener vigencia, pero, a la vez, tampoco hay un nuevo paradigma que lo sustituya. En esos tiempos de tránsito el hombre se encuentra náufrago en un mar de dudas y sin tener donde aferrarse ¿Se reconoce ese estado interno?

De todo esto podemos colegir, entre otras cosas, que la historia es un proceso (y no una simple sucesión de acontecimientos) en el que se reproduce un esquema evolutivo, que sigue unos pasos, que tiene unos ciclos. Por supuesto, no nos referimos a las teorías evolucionistas que parten de Spencer y el darwinismo social (marcadamente positivistas) sino, más bien, a la línea postulada por Dilthey y la «razón histórica». El conocimiento parte de la experiencia vital, de la aprehensión del dato por la conciencia, o, dicho de otro modo: nuestra visión de la realidad depende no sólo de las condiciones externas del mundo sino de nuestra interpretación sobre la base de todos los elementos que constituyen nuestra vida. No debemos perder, por lo tanto, esta perspectiva vital cuando hagamos una lectura del proceso histórico, porque ella es la que nos va a permitir descubrir una cierta continuidad, un cierto sentido que facilite nuestro aprendizaje del pasado (nuestra memoria histórica) para poder orientarnos en el presente.

Desde esta perspectiva vital, se entiende la idea de ciclo como distintos momentos, o etapas conectadas, por las que se debe pasar en todo proceso, como en la propia vida pasamos por la infancia, la adolescencia, la madurez y la vejez. En ese sentido, Ortega observa tres estados de espíritu por los que ha pasado el hombre en las distintas épocas históricas. Se trata de un mecanismo del desarrollo histórico; el proceso de formación, consolidación y declinación de las civilizaciones. Explica Ortega: «Entonces se advierte que en cada una de esas grandes colectividades el hombre ha pasado por tres situaciones espirituales distintas, o, dicho de otra manera, que su vida psíquica ha gravitado sucesivamente hacia tres centros diversos. De un estado de espíritu tradicional pasa a un estado de espíritu racionalista, y de éste a un régimen de misticismo. Son, por decirlo así, tres formas diferentes del mecanismo psíquico, tres maneras distintas de funcionar el aparato mental del hombre»[v] Este esquema –necesariamente simplificado– de las modificaciones de la psique humana se corresponde con un ciclo histórico completo.[vi]

Nuestra civilización actual –que no hemos de olvidar, es la primera en abarcar todo el planeta– ha agotado la etapa racionalista. La época mística, o pre-religiosa que le sucede, se caracteriza por ser una etapa de decadencia, de crecimiento de la superstición y el irracionalismo. «Después de la derrota que sufre en su audaz intento idealista, el hombre queda completamente desmoralizado. Pierde toda fe espontánea, no cree en nada que sea una fuerza clara y disciplinada. Ni en la tradición ni en la razón, ni en la colectividad ni en el individuo […] incapaz el espíritu de mantenerse por sí mismo en pie, busca una tabla donde salvarse del naufragio y escruta en torno, con humilde mirada de can, alguien que le ampare. El alma supersticiosa es, en efecto, el can que busca un amo. Ya nadie recuerda siquiera los gestos nobles del orgullo, y el imperativo de libertad, que resonó durante centurias, no hallaría la menor comprensión. Al contrario, el hombre siente un increíble afán de servidumbre. Quiere servir ante todo: a otro hombre, a un emperador, a un brujo, a un ídolo»[vii] Pero esta etapa decadente y pre-religiosa es el caldo de cultivo para el nacimiento de un nuevo espíritu, un nuevo tipo de hombre a la altura de la nueva civilización planetaria que se está gestando. Esto será posible si somos capaces de aprovechar la oportunidad histórica que se nos ofrece.

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Para finalizar nos gustaría traer a colación unas palabras de Silo en torno al proceso revolucionario y su dirección: «Debemos distinguir entre proceso revolucionario y dirección revolucionaria. Desde nuestra posición, se entiende al proceso revolucionario como un conjunto de condiciones mecánicas generadas en el desarrollo del sistema. En ese sentido, tal desarrollo crea factores de desorden que, finalmente, son desplazados, se imponen, o terminan descomponiendo la totalidad del esquema. De acuerdo a los análisis que llevamos hecho, la globalización a la que se tiende en estos momentos está presentando agudos factores de desorden en el desarrollo total del sistema. Se trata de un proceso que es independiente de la acción voluntaria de grupos o individuos. Ya hemos considerado este punto en más de una ocasión. El problema que se está planteando ahora es, precisamente, el del futuro del sistema ya que éste tiende a revolucionarse mecánicamente sin mediar orientación progresiva alguna. La orientación en cuestión depende de la intención humana y escapa a la determinación de las condiciones que origina el sistema. Ya en otros momentos hemos aclarado nuestra posición respecto a la no pasividad de la conciencia humana, a su característica esencial de no ser simple reflejo de condiciones objetivas, a su capacidad de oponerse a tales condiciones y pergueñar una situación futura diferente a la vivida en el momento actual. Dentro de ese modo de libertad, entre condiciones, interpretamos la dirección revolucionaria.»[viii]

En conclusión: Hoy estamos asistiendo al asentamiento de un nuevo imperio de carácter mundial bajo la hegemonía de los EE.UU., que, como en otras épocas, acabará imponiéndose por la fuerza de su aparato militar. En este intento por implantar definitivamente el «Nuevo Orden Mundial» –que se corresponde con la imposición del modelo económico y social del neoliberalismo a ultranza– se quiere barrer con toda diversidad cultural, ideológica y de todo tipo, e instaurar la filosofía del pensamiento único. Esto supone, en última instancia, la «globalización» que tan justa oposición encuentra en todo el mundo. El éxito de la «globalización» pasa por el completo vaciamiento de la subjetividad humana y por la anulación de todo valor que no esté estrictamente supeditado al nuevo Dios supremo: el Dinero. La pleamar de la deshumanización y la violencia.

Sin embargo, paralelamente a la globalización, se observa otro proceso que viene acompañando y que puede suponer la alternativa a un sistema que da sus últimos coletazos. A este proceso lo podemos llamar «mundialización» y viene caracterizado por una nueva sensibilidad que capta al mundo en su totalidad. Que comprende que todo cambio sólo tiene sentido si comienza por uno mismo y se continúa en el medio inmediato. Que percibe que lo que está pasando a miles de kilómetros también le afecta. Que tiende a la convergencia en la diversidad, buscando factores de unión entre las personas y culturas donde cada uno aporta lo mejor en una dirección común. En resumen, se percibe el nacimiento de un nuevo estado de espíritu, un nuevo modo de ser, de sentir y de relacionarse. Este proceso, esta dirección revolucionaria que observamos, dista mucho de ser algo mecánico o espontáneo, sino que sólo puede presentarse en aquellos que, después de hacerse cuestión del mundo en que viven, llegan a la conclusión de que éste conduce a un callejón sin salida y comienzan a ser protagonistas de su propia vida.

[i] Ortega, El ocaso de las revoluciones
[ii] Ortega, El Hombre y la gente
[iii] En el sentido acuñado por Thomas S. Kuhn
[iv] Ortega, Ideas y creencias
[v] Ortega, Epílogo del alma desilusionada
[vi] Faltaría explicar mínimamente estas situaciones. Preferimos remitir al texto original.
[vii] Ortega, Epílogo del alma desilusionada
[viii] Silo, Cartas a mis amigos. Sobre la crisis social y personal en el momento actual.

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