¿Es el futuro necesariamente distópico?

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Tomás Moro escribió en 1516 la que se considera obra paradigmática del pensamiento utópico. En Utopía se describe un mundo ideal que se contrapone a la visión de una realidad de carácter injusto. En efecto, una utopía es una imagen a futuro que refleja una circunstancia en la que se aspira a superar las dificultades que se viven en la actualidad. La idea utópica se fundamenta en la capacidad del ser humano de transformar situaciones gracias a su propia intención, libertad.

Sin embargo, el concepto de utopía se ha ido matizando. Ya, en el materialismo marxista, pensadores como Horkheimer, asocian el término a Ideología otorgándole una connotación peyorativa. Así, en la ideología se produce un engaño que nos hace ver una realidad distorsionada (fuera del socialismo científico, en este caso) mientras que la utopía resulta ser un sueño inalcanzable y un mecanismo de fuga.

Si la utopía es el reflejo compensatorio de un presente que se quiere cambiar, la distopía es, justamente, la proyección futura y maximizada de esa realidad. Utopía y distopía son las dos caras de la misma moneda: la imaginación del futuro en términos positivos o negativos. Sabemos que lo que creemos del futuro influye en lo que sentimos y hacemos en el presente. No es lo mismo imaginarnos que, en el futuro, nos va a ir bien en una relación que vamos a iniciar, a pensar, de antemano, que a ser un fracaso.

Lamentablemente el mundo no funciona sobre la base de aquéllo que es mejor para el conjunto sino, más bien, a la inversa. Así vemos cómo a los utópicos se nos considera, en el mejor de los casos, ingenuos y vagos.Haz click para twittear

En términos absolutos, una imagen utópica y una imagen distópica son equivalentes. Cumplen la función de movilizar en una u otra dirección. En términos relativos, nosotros preferimos la utópica porque nos parece más útil y más interesante.

Lamentablemente el mundo no funciona sobre la base de aquéllo que es mejor para el conjunto sino, más bien, a la inversa. Así vemos cómo a los utópicos se nos considera, en el mejor de los casos, ingenuos y vagos. Y lo que predomina es que nada puede cambiar y que todo va a ir a peor. Ahí tenemos, como muestra, la producción literaria y cinematográfica. Novelas del género distópico como Un mundo feliz de Huxley o 1984 de Orwell sirvieron de fuente de inspiración para infinidad de autores. Clásicos como Blade Runner, La naranja mecánica, Gattaca o series actuales como Black Mirror tienen la virtud de ofrecernos una visión crítica sobre el presente pero nos dejan un amargo sabor de desesperanza. En todos los casos pronostican un futuro de sometimiento y control muy presente en las teorías conspiranoicas y corrientes pseudocientíficas en auge hoy en día. Así parece que es mejor no pensar en el futuro porque, sin duda, se dirige hacia una distopia.

En El Principio Esperanza, Ernst Bloch reformula la idea de utopia abogando por un retorno al «socialismo utópico» del «joven Marx» (Manuscritos sobre economía y filosofía) que acentúa la labor del sujeto revolucionario capaz de intencionar la construcción de un futuro posible dentro de un horizonte factible.

Así, la utopía está ligada a una esperanza activa en la que comienzo a imaginar las condiciones en las que me gustaría vivir, y en las que me gustaría que vivieran mis hijos. Y también, a darme cuenta que, esa posibilidad ya existe, pero tengo que esforzarme por verla porque mi mirada está atrofiada, incapacitada para imaginar otro mundo posible. Afortunadamente, cada vez, más personas se adhieren a ese enorme mecanismo de transformación que es la utopía. No está escrito que el futuro tenga que ser necesariamente distópico.

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