Historia como sistema

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En «Historia como sistema», Ortega, nos expone su pensamiento en torno a la urgencia de revisar el hacer histórico, así como las demás ciencias que tratan lo humano (psicología, sociología, etc.) si es que queremos lograr una verdadera noción del hombre, y por ende, una comprensión de nuestra propia vida.

Es necesaria una nueva filosofía que interprete cabalmente lo humano y que ponga los fundamentos adecuados para dar una respuesta coherente a la actual crisis en que nos hallamos inmersos. Es preciso superar las antiguas concepciones que ya han demostrado su fracaso y dar un nuevo enfoque, una nueva interpretación a la vida humana que nos permita comprender sus razones, su proceso… y su destino.

Explícito y aclarador es el siguiente párrafo: «la historia es un sistema -el sistema de las experiencias humanas, que forman una cadena inexorable y única. De aquí que nada pueda estar verdaderamente claro en la historia mientras no está toda ella clara […] Cualquier término histórico, para ser preciso, necesita ser fijado en función de toda la historia […] La historia es ciencia sistemática de la realidad radical que es mi vida. Es, pues, ciencia del más rigoroso presente.» El historiador -como quien redacta su autobiografía, su propia historia- realiza su actividad necesariamente desde el momento actual y con un fin determinado (una mira a futuro: la satisfación de una necesidad). Esa finalidad previa al quehacer es la que le lanza a realizarlo. Es una «pre-ocupación» que justifica -explícita o larvadamente- su acción.

Por otro lado, ha de tenerse en cuenta el sustrato de creencias, de usos, de vigencias, es decir, el paisaje humano en que está instalado el propio historiador, y que actúa en su mirada, en la interpretación de los hechos que trata de analizar, los cuales, por cierto, ocurrieron en un momento histórico condicionado por un paisaje humano distinto.

La historia es el proceso de cambio, de variación de las creencias vigentes en cada momento; en definitiva, la suma de experiencia vital de los pueblos… Resulta cuando menos ingenuo el pretendido acercamiento «objetivo» a los hechos históricos, la «objetividad» de la que se hace alarde en estos tiempos; pero se comprende en el actual contexto cultural, en el que la mirada es cosificadora; es decir, se da por hecho que el ser humano es objeto, y se le estudia como tal, desde afuera, dando por sentado que posee una determinada naturaleza, con unas reglas de comportamiento, etc. que -como en el mundo físico- es «invariable», «absoluta». La historia debe entender el hombre de cada época, no proyectar los propios prejuicios.

Así pues, esta ciencia del presente, debe justificar su propia existencia, su sentido, para poder emprender una empresa coherente. Debe disponer de unas mínimas herramientas para llevar a cabo su cometido, unas premisas fundamentales: una definición de lo humano, una teoría de la acción, cómo es posible que algo «pase», y en qué consiste ese «ocurrir»… Y es aquí donde la filosofía puede hacer su aporte: poniendo en cuestión los fundamentos de la ocupación histórica y ayundando a proporcionar los requisitos adecuados para que la historia devenga ciencia, historiología.

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