José Ortega y Gasset: El filósofo de la «tercera vía»

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Se ha dicho que la historia de la filosofía Occidental no es más que una serie de notas a pie de página de las obras de Platón y Aristóteles. Y, ciertamente, maestro y discípulo inauguraron dos líneas de pensamiento alrededor de las cuales, con infinidad de matices, han ido pivotando las ideas centrales de los grandes pensadores de todas las épocas.

José Ortega y Gasset (1883-1955)

Platón, que a su vez, fue discípulo de Sócrates, influyó en las corrientes filosóficas que enfatizaron en el carácter idealista o subjetivista de la realidad. Es decir, aquellas que propugnan que el mundo es una elaboración racional de la mente y que no hay que fiarse mucho de los datos de los sentidos porque son engañosos. Aristóteles puso en cuestión ese planteamiento afirmando todo lo contrario: que es precisamente experimentando, a partir de nuestros sentidos, como se adquiere el conocimiento. De esta manera inauguró el pensamiento de carácter empírico o materialista.

La filosofía Occidental no es más que una serie de notas a pie de página de las obras de Platón y AristótelesHaz click para twittear

Así, la historia de la ciencia, de la filosofía política, de la ética, del pensamiento en general, ha sido una constante dialéctica entre ambas posiciones. De este modo, los materialistas tildaban de absolutistas a los idealistas por amoldar la realidad «a priori», a cómo ésta «debería ser» y no como verdaderamente «es». Mientras, los idealistas, argüían que, en un mundo tan variable, nunca podemos saber a qué atenernos, pues no puede haber un conocimiento definitivo si solamente atendemos a los hechos que observamos. Esto es una caricatura de un proceso histórico fructífero y complejo.

Ortega con Einstein en Toledo

Pero no pensemos que estamos hablando solamente de una tarea intelectual como la historia de la filosofía, de una cosa que hacen los intelectuales observando y reflexionando sobre el mundo en que viven. Al contrario, la filosofía es una actividad humana, algo que hacen individuos concretos que piensan sobre la realidad pero no pueden sustraerse de ella. Es decir, como todo lo humano es histórico y social, está condicionada por la época en que se vive. Aunque no seamos «especialistas», en mayor o menor medida todos somos filósofos porque en algún momento nos preguntamos por el sentido de la vida, por el amor, por el funcionamiento del mundo, de las relaciones interpersonales… Y, en términos generales, también adoptamos una u otra posición. Algunos tenemos una tendencia más idealista, pensamos más en «cómo deberían ser» las cosas y, a lo mejor, intentamos cambiarlas, mientras que otros somos más realistas, vemos las cosas «como son» y, a lo mejor, tratamos de aceptarlas. Y también aquí suele haber debate.

Idealismo y materialismo son dos caras de una misma moneda llamada «Razón»Haz click para twittear

Como vemos, esas dos concepciones están muy arraigadas en la vida occidental. Sin embargo, hay quienes ven las cosas de otro modo. No ha faltado a lo largo de la historia personajes que han apostado por una «tercera vía». Mejor dicho, algunos han comprendido que idealismo y materialismo son dos caras de una misma moneda llamada «Razón». Hemos visto que el descubrimiento del poder de la razón tuvo lugar en la antigua Grecia. Debió ser una experiencia mística muy potente el reconocimiento de la «propia-capacidad-de-razonar» como forma de explicar el mundo. El acto de dar razón de algo sin apelar a la tradición. Seguramente, Tales de Mileto fue un personaje muy extravagante o los pitagóricos que convirtieron a las matemáticas en una religión, por no hablar del propio Sócrates. Tal fuerza tuvo el descubrimiento de la Razón como herramienta para explicar y modelar el mundo que se convirtió en el nuevo Dios desbancando a la propia religión cristiana. Y esto tuvo sus consecuencias cuando se comprobó que se le había atribuido a la Razón más «poder mágico» del que realmente tenía.

Entre los postores de esa «tercera vía» se encuentra uno de nuestros principales pensadores: José Ortega y Gasset.

Ortega y Gasset nació en el seno de una familia acomodada de Madrid en 1883. Tras doctorarse en Filosofía estudió en Alemania donde se embutió en el neokantismo y el pensamiento racionalista. En 1910 ganó por oposición su cátedra de Metafísica en la Universidad Central (actual Complutense de Madrid). En 1914 publicó su primer libro Meditaciones del Quijote y en 1923 fundó la Revista de Occidente.

Ya a partir de 1910 se crea La Escuela de Madrid inspirada en su pensamiento que se gesta en el seno de la generación del 14. Algunos de sus discípulos más renombrados son: Julián Marias, Maria Zambrano o Jose Luis Aranguren. Se casó con Rosa Spottorno y tuvo dos hijos.

Ortega fue un personaje comprometido con su tiempo y ciertamente polémicoHaz click para twittear

Durante la II República fue diputado por la Agrupación de Intelectuales al servicio de la República de la que se retiró en 1931 tras discordar con el cariz que estaban tomando los acontecimientos en un discurso en que pronunció su famoso: «No es ésto, no es ésto». Durante la guerra civil se exilió de España viviendo en París, Holanda, Buenos Aires y finalmente en Lisboa a partir de 1942. Desde 1945 pudo visitar España pero no recuperó su cátedra universitaria. Fundo el Instituto de Humanidades donde pudo impartir sus lecciones hasta su muerte en 1955.

Ortega y Gary Cooper en Aspen

De esta sucinta biografía podemos extraer la idea de que Ortega fue un personaje comprometido con su tiempo y ciertamente polémico. Podríamos calificarlo de Filósofo práctico en el sentido fuerte del término. Y como a toda acción corresponde una reacción podemos llevarnos alguna sorpresa al observar a algunos de sus críticos. Efectivamente, un sector de la intelectualidad (podríamos decir de tipo «idealista») no le perdonó que buena parte de su obra fuese publicada en artículos periodísticos en un lenguaje accesible al lego en la materia y es que, para Ortega, «la claridad es la cortesía del filósofo» (¿Qué es filosofía?) mientras que otro sector, digamos, materialista, lo tacha de elitista y oclófobo. Y esta situación en la que dos opuestos acusan, justo de lo contrario, a un tercero, se produce cuando este tercero no acaba de tener buen encaje (porque, seguramente, representa algo nuevo, que contiene elementos de los anteriores, pero los supera).

Y no puede ser de otro modo pues el pensamiento de Ortega sintetiza magistralmente esos dos aspectos de un paradigma que ha entrado en crisis y que tiene que ser superado. Y, para ello, no hay que hacer otra cosa que devolver a la Razón al casillero que le corresponde. El pensamiento racional, científico-técnico, surgido de la Ilustración del s. XIX parecía poder elevar a la humanidad a un progreso ilimitado, sin embargo, bien pronto se demostró un fiasco y, lejos de conducir a la humanidad a altas cotas de bienestar, generó enorme dolor y sufrimiento en los pueblos. ¿Es que la ciencia y la tecnología son algo malo? En absoluto. Pero se les atribuyó una capacidad que no les correspondía. Y todavía hoy se le tiene demasiada expectativa.

El raciovitalismo de Ortega no trata de desacreditar el conocimiento racional, sino que pretende hacer ver la condición de su actividad como instrumento al servicio de la vidaHaz click para twittear

Ortega pudo observar este proceso con detenimiento y predecir certeramente el futuro de los acontecimientos. Era necesario revisar el quehacer humano a partir de una concepción del ser humano clara y precisa que no es otra que la propia vida. Pero no la vida en general, como concepto abstracto, sino la vida concreta, la de Fulano o Mengano. Es lo que llamará el plano de la «realidad radical». «Nosotros, pues, al partir de la vida humana como realidad radical, saltamos más allá de la milenaria disputa entre idealistas y realistas y nos, encontramos con que son en la vida igualmente reales, no menos primariamente el uno, que el otro –Hombre y Mundo. El Mundo es la maraña de asuntos o importancias en que el Hombre está quiera o no, enredado, y el Hombre es el ser que, quiera o no, se halla consignado a nadar en ese mar de asuntos y obligado sin remedio a que todo eso le importe.» (El hombre y la gente). Ese mar en el que estamos obligados a nadar sin remedio se nos presenta como un conjunto de posibilidades entre las que, necesariamente, tenemos que elegir sobre la base, hoy diríamos, de la «cultura» en que nos ha tocado vivir. Todo esto se sintetiza en la gran intuición orteguiana, y base de toda su filosofía, recogida en su primer libro: «Yo soy yo y mi circunstancia y, si no la salvo a ella, no me salvo yo» (Meditaciones del Quijote)

El raciovitalismo de Ortega no trata de desacreditar el conocimiento racional, sino que pretende hacer ver la condición de su actividad como instrumento al servicio de la vida. Esto también está relacionado con su concepción perspectivista de la realidad que apunta a una percepción intersubjetiva de la verdad superadora del puro subjetivismo. Por decirlo en otras palabras. Una misma cosa se puede ver desde diferentes ángulos, tantos como personas miran el objeto. Esto significa que tenemos que aprender a ponernos en el punto de vista de los demás para ampliar nuestra propia perspectiva en un necesario discurso constructivo que nos pueda llevar a algún tipo de consenso. Y esto es así porque en Ortega predomina el futuro como tiempo primordial de la conciencia, como proyecto vital que guía nuestra vida dando sentido a nuestras acciones. Ortega fue una de esas «cabezas claras» que supo analizar la época que le tocó vivir y vislumbrar la dirección que debíamos dar a los acontecimientos si queríamos dar a la historia el giro que nos situara a la “altura de los tiempos” venideros. Todavía estamos a tiempo.

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