La función del sexo y la emergencia de la cultura

La reciente investigación antropológica relaciona la actividad sexual «no reproductiva» como principio del surgimiento de la cultura que nos distingue de otras especies animales. Hace varios millones de años, cuando nuestros ancestros descendieron de los árboles y tuvieron que adoptar la posición erguida, se produjo el fenómeno de la «cripsis ovulatoria» u ocultación del celo en la hembra. Esto significa que el macho no podía saber cuándo la hembra estaba en celo, en fase reproductiva. Esta modificación evolutiva permitía a la hembra elegir al macho que, de este modo obtenía sexo garantizado a cambio de «invertir» en el cuidado y alimentación de las crías. El sexo se desvinculó de la reproducción convirtiéndose en una actividad placentera en sí misma. Sólo conocemos otra especie que practique el sexo por placer que son nuestros primos los bonobos, un tipo de chimpancé africano.

Hembras bonobo practicando sexo por placer
Hembras bonobo practicando sexo por placer

 

El sexo y el nacimiento de la cultura

Estamos en el campo, si se quiere, de la protocultura. La supervivencia en la sabana africana era muy dura. Apenas estábamos habilitados para caminar y teníamos que desplazarnos en busca de alimento y protegernos de los depredadores. Seguramente, las hembras obligadas a ser proactivas en la búsqueda del sexo, dado que no resultaban atractivas a los machos (porque su celo no los estimulaba), acabaron obteniendo una ventaja evolutiva debido a que se tenían que conformar con los menos agresivos, los que no podían luchar por las otras hembras. A la postre, los más «débiles» resultaron más susceptibles de colaborar en la supervivencia familiar pues disponían de más energía libre. Así, este elemento cultural, puramente estratégico, muy rudimentario, propició un éxito reproductivo que, por selección natural, acabó consolidándose.

El tabú del incesto

Mucho más adelante se impuso un importante avance evolutivo con un cambio en la práctica sexual: la introducción de la exogamia. Los primeros grupos familiares eran endogámicos y, para fortalecerse y configurar una tribu en mejores condiciones de subsistencia, se produjo el intercambio de mujeres instaurándose el tabú del incesto. Este es el momento que la antropología tradicional considera el nacimiento de la cultura. Se piensa al fenómeno cultural relacionado con el moral. Evidentemente estamos ante un salto cualitativo, de índole cultural, pues las relaciones de intercambio implican un cálculo de reciprocidad (hay que establecer una dote, por ejemplo) y elaborar complejos significados normativos respecto a por qué está mal yacer con los hijos o hermanos. Pero cometeríamos un error si interpretásemos estos hechos desde la perspectiva de nuestra cultura actual.

La intencionalidad de la cultura

Entendemos por cultura todo fenómeno intencional, es decir, elaborado por el ser humano en un proceso de transformación de lo «natural» o determinado. Todo objeto humano (tangible o intangible) se caracteriza por tener una intención, un «para qué», un sentido y, por tanto, le podemos dar un significado. Ese significado es cultura. Está el libro como objeto físico o cosa externa (unos papeles rayados) y está el significado del libro (la experiencia de su lectura, la creación del autor, el proceso de elaboración, el concepto de «libro», etc.). Es el significado lo que da sentido al libro y nos permite «hacer algo» con él. Y, así como hay sujetos inhumanos que queman libros para negar lo que representa la cultura hay envenedadores del sexo que utilizan la moralina vestida de «cultura» para reprimir y controlar la vida de los pueblos en beneficio propio.

El sexo es cultura

Desde nuestro punto de vista, lo cultural no está opuesto a lo natural. La cultura da significado a la naturaleza «humanizándola». El mejor ejemplo de esto es la actividad sexual que es mayormente fisiológica pero tiene un enorme significado cultural pues, no en vano, está relacionada con los mejores sentimientos del amor. El sexo es intimidad plena, compromiso total, unión con la persona amada. Y, justo porque es cultura puede ser banalizado, mercantilizado, envilecido… Es decir, le podemos dar distintos significados a esta actividad humana. Allá donde encontremos una huella de «intencionalidad» humana podremos rastrear algún un aspecto cultural.

Sexo en el paleolítico

Ya a finales del paleolítico, hace más de 30.000 años, existen representaciones artísticas de la práctica sexual en forma de pinturas rupestres, esculturas, etc. en las que encontramos escenas explícitas de sexo, incluidas la homosexualidad y la zoofilia. El arte sexual se ha desarrollado ampliamente en todos los géneros, desde la poesía al cine. Sin embargo, continúa siendo un tema problemático que suscita censura y autocensura. Evidentemente, la influencia de nuestra cultura judeo-cristiana en la que el sexo tiene un significado pecaminoso se hace sentir. Cuando los retrógrados afirman que el sexo es pecado si no cumple una función reproductiva nos intentan hacer involucionar (culturalmente) unos 6 millones de años, a la condición del primate erguido.

El tabú del sexo

El tabú del incesto, mal entendido, es decir, pensado desde una perspectiva «moral» y no puramente instrumental (funcionalmente práctica) ha ido derivando en el tabú del sexo con una intención claramente involucionista e inmoral. Siguiendo con nuestra concepción «intencional» de la cultura, lo que hace inmoral a un acto no es que sea «bueno» o «malo» sino que su intención sea negar la humanidad (intencionalidad) de otro ser humano, es decir, utilizarlo, manipularlo en función de los propios intereses (de la propia «intención»).

Entonces, en la actividad sexual, todo está bien. La única inmoralidad sexual sería aquella en la que uno de los practicantes obliga a otro a hacer algo que no quiere. En ese caso estaríamos hablando de violencia. Otra cosa es que observemos adicciones al sexo y prácticas bizarras que, por otro lado, son análogas a las que se dan en diferentes ámbitos del quehacer humano y que, obviamente, no responden a un problema moral, sino de falta de significado existencial de la propia vida que busca llenar un vacío de sentido propio de un mundo cada vez más deshumanizado.

Sexo en el mundo clásico

Siguiendo con nuestro relato, es en el mundo clásico donde la temática del sexo cobra gran relevancia entrando de pleno en el marco de la filosofía. Hasta nosotros ha llegado, por ejemplo, la idea del «amor platónico», como ese tipo de amor imposible, que no puede ser sexual, pero, a la vez, puro y genuino. Esta es una concepción derivada del pensamiento de Platón y su dualismo ontológico donde el verdadero amor era el éxtasis provocado por la contemplación de las Ideas. Hay que mencionar que, en esta época, hace unos 2500 años, todo lo relativo al sexo cotidiano tenía un mayor significado cultural en la relación homosexual, particularmente entre maestro y discípulo. A cambio de sus favores, el mancebo obtenía enseñanza y orientación. Por los diálogos de Platón, sabemos que Sócrates no se prestaba a esta práctica (que hoy consideraríamos pederasta) pero no le faltaban pretendientes.

La enseñanza oriental

Pero es quizá, en la perspectiva oriental, donde más se ha profundizado en la temática sexual como camino evolutivo espiritual. La doctrina del Tantra que nos ha llegado a occidente de forma distorsionada, como práctica sexual, es un sistema filosófico-religioso, conectado con el yoga, que pretende la unión mística con lo absoluto y la liberación del ser humano. Una de sus vías canaliza la energía sexual, como fuerza originaria del mundo, a través de una serie de prácticas sexuales que permiten lograr la iluminación.

La enseñanza práctica que podemos rescatar de esta doctrina versa en la importancia de la concentración. En el sexo, la concentración significa estar en lo que se está, vivir el momento presente de la forma más intensa posible. Puede parecer obvio pero tendemos a ir acelerados, a tener la cabeza en muchas cosas. Una buena práctica sexual recomienda silenciar el ruido mental y poner atención a los sentidos dejándonos llevar en una suerte de estado de «semisueño activo». También es importante la estimulación del cuerpo en toda su amplitud ponderando el ritmo y la intensidad hasta el punto que se desee. Esta concepción choca bastante con el modelo de acto sexual contemporáneo centrado en la estimulación genital y la penetración.

 

El Kama Sutra es un antiguo texto del hinduismo, relacionado con el Tantrismo, en el que se describen hasta 64 «artes» para hace el amor o técnicas para el disfrute sexual. Nuevamente, su traducción y difusión en occidente se ha teñido de la carga morbosa que tiene el sexo en nuestro paisaje cultural siendo que las famosas «posturas» sólo constituyen un capítulo del libro que incluye otros temas sobre la cuestión. En términos generales podemos rescatar que existen dos tipos de posiciones en la práctica sexual. Posiciones relajadas, como la clásica tumbados uno sobre otro, y posiciones tensas, por ejemplo, levantados. Los movimientos también pueden ser activos o pasivos. Es cuestión de gusto, de comodidad, o de ganas de experimentar.

La funcionalidad energética del sexo

El sexo es una actividad de «carga» y «descarga» energética. El clímax de la descarga es el orgasmo que es diferente en los chicos, más concentrado, que en las chicas, más extendido. También el ritmo es distinto. Los hombres pueden llegar al orgasmo muy rápido y las mujeres necesitan más tiempo. Intensifica mucho alcanzar el orgasmo simultáneamente pero no es estrictamente necesario.

Existe el prejuicio que los hombres deben aguantar, reprimir el orgasmo, hasta satisfacer a las mujeres. Esto plantea un problema (se ve cómo opera esa concepción «mete-saca» del sexo) que puede resultar mortificante si tienes que estar media hora aguantando la respiración para no «correrte». La solución puede ser realizar una buena estimulación general que termine aplicándose, por ejemplo, con la lengua en el clítoris, hasta que ella esté a punto de descarga. En ese momento introducirse y terminar juntos. Otra opción es la bajada de tensión previa del chico por felación o estimulación manual hasta la descarga.

El sexo, como actividad cultural, precisa aprendizaje y, con la práctica, se va perfeccionando. Por eso es importante tomarlo con naturalidad. Muchos sujetos se obsesionan con el control del orgasmo y muchas sujetas creen que les cuesta alcanzarlo. La verdad es que, con la práctica, se aprende a alcanzar el punto previo a la descarga, muy satisfactorio, en el que puedes soltar el orgasmo cuando quieras. Se dice que las mujeres alcanzan su madurez sexual sobre los 30 años. Cuestión de experiencia, como todo en la vida.

También se puede dar el caso de una bajada abrupta de tensión sexual o el no alcance de carga suficiente para producir el orgasmo. En estos casos, lo mejor es no forzar ni martirizarse (prejuicio) sino continuar disfrutando de un sexo difuso, generalizado y con buen sentido del humor.

La mística cristiana

Detalle de El éxtasis de Santa Teresa, de Bernini

 

Para terminar, una última anécdota. En la mística cristiana, siempre a caballo entre la aceptación y la repulsa de la Iglesia tradicional, también encontramos la experiencia orgiástica en la comunión con Dios, por ejemplo, en Santa Teresa de Jesús. Actualmente sabemos, por los evangelios apócrifos, escritos en vida de Jesús, que María Magdalena fue su compañera sexual y una de los principales militantes de su doctrina. ¡Qué distinta habría resultado la historia si el sexo no se hubiera asociado al pecado y se hubiese considerado con la naturalidad con la que, al parecer (y no puede ser de otro modo) su propio fundador se lo tomaba!