La muerte es un hecho esencial de la vida en el sentido que todos vamos a morir

Las investigaciones antropológicas confirman que, al menos, desde hace 100.000 años existe un tratamiento específico hacia los seres fallecidos. Sabemos que, neardentales y homo sapiens, nos hemos preocupado por el problema de la muerte. Miles de generaciones y culturas han dado su propia respuesta y, en la mayoría de casos, los diferentes rituales funerarios iban en la dirección de encaminar al difunto hacia un «lugar» más allá de esta vida.

 

Conocida es la crítica de Marx hacia el fenómeno religioso considerado como el «opio de los pueblos» introducido por las clases dominantes para hacer olvidar a los obreros su situación opresiva. También las posturas del ateísmo que consideran que la muerte es el final y la religión una forma compensatoria del temor a que todo se acabe. La ciencia actual tampoco da una respuesta definitiva.

Sea como fuere, la muerte es un hecho esencial de la vida, en el sentido que todos vamos a morir. Esta cuestión, que todos tenemos copresente, al menos «intelectualmente», como algo que sabemos, cobra súbita importancia cuando es interiorizada, cuando somos realmente conscientes de que vamos a morir (por ejemplo, cuando vivimos la pérdida de un ser querido). Esa suerte de «anticipación de la muerte» acorta o delimita nuestra existencia pegando de lleno en el valor o el sentido de nuestra vida cotidiana (de pronto, caemos en la cuenta de lo verdaderamente importante).

En todo caso, ni la fe religiosa, ni el ateísmo, ni la ciencia resuelven el problema de la muerte desde el punto de vista de la existencia concreta de cada uno que, en algún momento se acabará terminando. Es esa indeterminación del momento de morir, según Sogyal Rimpoché (El libro tibetano de la vida y la muerte), la que hace que nos olvidemos del problema de la muerte, como si fuésemos a vivir eternamente, ocupándonos en actividades secundarias o superfluas que contribuyen a postergar la cuestión.

Sócrates nos enseña que no se ha de temer aquello que se desconoce. El miedo a la muerte resulta de una gran pedantería pues supone creerse que se sabe que es malo algo que se ignora. Para Sócrates la muerte es una aventura a lo desconocido, a la sabiduríaHaz click para twittear

Silo sintetiza en cinco las actitudes que se pueden tomar respecto a la muerte y la posibilidad de trascendencia. Una postura es la de los que niegan toda opción de trascendencia. La muerte es el final de todo. Hay quienes ven la trascendencia como una posibilidad intelectual pero no les supone mucho problema el tema. Hay mucha gente que desearía tener una fe con la que poderse enfrentar al sentido de la vida. Un cuarto tipo de gente tienen un fe aprendida, una creencia aceptada por aprendizaje o cultura. Y, finalmente, hay quienes tienen una fe inconmovible fruto de la propia experiencia al respecto. Estas cinco posiciones admiten muchos grados y son variables, dependiendo del momento, de nuestro estado de ánimo… pero, en cualquier caso, pueden invitar a meditar sobre la propia consideración en torno al problema de la muerte.

Por ejemplo, alguien podría sospechar intelectualmente la posibilidad trascendental y desear tener una fe inconmovible. Ocasionalmente, puede haber tenido experiencias que le han llevado a profundizar en la certeza que no todo termina con la muerte. En todo caso, tiene por cierto que la muerte es la disolución del «yo» ilusorio. O sea, haya «algo» que trascienda o se termine la película, aquello que le da identidad va a desaparecer, y eso le genera un problema.

Sócrates nos enseña que no se ha de temer aquello que se desconoce. El miedo a la muerte resulta de una gran pedantería pues supone creerse que se sabe que es malo algo que se ignora. Antes bien, para Sócrates la muerte es la gran aventura a lo desconocido, a la mayor sabiduría.

El «placer» de morir y el «dolor» de nacer

El Bardo Thodol tibetano es una guía de instrucciones que permite alcanzar la iluminación durante el periodo de tránsito de la muerte. En él se detalla minuciosamente el proceso que tiene lugar en el cuerpo mientras muere y los pasos posteriores para alcanzar la trascendencia. Se trata de un catálogo pormenorizado de lo que va ocurriendo, de cómo los distintos sentidos se van desconectando y lo que ocurre en la conciencia hasta el momento de la última exhalación.

Así, el acto de morir se presenta como una experiencia positiva en contraposición al nacimiento que es doloroso. Efectivamente, en la medida que nuestras sensaciones van desapareciendo se llevan el dolor y el malestar del cuerpo motivados por la vejez, la enfermedad… produciendo un fenómeno de gran relajación. Esto queda muchas veces reflejado en la expresión facial de «calma» que hace sentir a los seres queridos que el finado «descansa en paz».

Hay que añadir que hay estudios científicos que afirman que el cerebro sigue funcionando entre 10 minutos y varias horas desde que se produce el paro cardíaco y respiratorio. En esta situación, teniendo en cuenta la desaparición de la percepción sensorial –que, en sí misma puede resultar un gran impacto–, la conciencia sólo podría operar con datos de memoria. Podemos imaginar que sus «elaboraciones mentales» se presentarían en forma muy acelerada dando lugar a una dilatación de la experiencia temporal vital en la que, los 10 minutos de reloj externo, serían un largo período de «reloj interno» para un «tránsito» en el que pueden acontecer multitud de vivencias determinadas, seguramente, por la biografía personal y el momento cultural en que se vivió.

Diferente es el caso de muerte abrupta, por accidente, o de gran padecimiento, donde la conciencia no puede estructurar lo que ha pasado. En esta circunstancia, y, entrando en el delicado campo de lo paranormal, algunos investigadores sostienen que una suerte de «campo energético» puede quedar apegado a objetos o lugares en los que se produjo el deceso. Se trataría de una especie de «grabación mecánica», de la que se puede obtener registro, que podría dar a entender que ese «tránsito no se produjo». Esta carga energética se acabaría por disolver con el paso del tiempo o por modificación del entorno que le sirve de base.

No pretendemos defender una posición en este artículo. Sólo introducir algunos elementos para la reflexión.