No existe limitación «natural» que nos impida elegir nuestro futuro

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Desde el punto de vista de la libertad humana, no es lo mismo creer que el ser humano desarrolla su vida como respuestas refleja o pasiva frente a las condiciones y acontecimientos que la rodean, que creer que el ser humano modifica y crea intencionalmente tales condiciones y acontecimientos.

La intencionalidad en lo social. Silo, 1992

El ser humano, antes de ponerse a pensar respecto a sus orígenes, o su destino, etc., se encuentra en una determinada situación vital; una situación que no ha elegido. Es decir, nace en un mundo natural y también social, sometido a agresiones y limitaciones físicas y mentales que experimenta como dolor (físico) y sufrimiento (mental). En tal situación, se moviliza contra esos factores, tratando de superar el dolor y el sufrimiento.

El mundo natural se presenta al ser humano como peligro y limitación, pero también como un “recurso” para superar el dolor y el sufrimiento. Por ello, la intención humana tiende a la transformación de la naturaleza. De hecho, el destino de la naturaleza es ser humanizada, es decir: intencionada, dotada de intención humana, ya que ella no tiene intención propia o en sí.

El cuerpo, como parte de la naturaleza, lleva el mismo designio: ser intencionalmente transformado para superar peligros y limitaciones, y porque resulta insuficiente como prótesis (instrumento) de la intención humana, y debe ser adecuado para otras necesidades y otros designios no naturales, sino intencionales (longevidad, inmunidad, mayor rendimiento biomecánico, etc.).

El cuerpo humano tiene respuestas inmediatas, reflejas y naturales ante el dolor. Pero el ser humano como tal se moviliza con respuestas no inmediatas, no reflejas, no naturales. Así, la superación del dolor y el sufrimiento no es simplemente una respuesta animal, sino una respuesta compleja en la que prima la imaginación, el proyecto, el futuro. Aunque no esté urgido en el presente, el ser humano pospone y prevé respuestas ante posibles situaciones futuras (a corto o largo plazo), sea que estas afecten a quienes elaboran la respuesta o a otros, sean conocidos o no.

En otras palabras, la nota distintiva de lo humano es que posee intencionalidad (tender hacia, dirección hacia), algo por cierto inexistente en el mundo natural. La intencionalidad está por “encima” de lo natural, de lo mecánico, de lo causal, de lo fáctico, de lo dado. Es lo que impulsa, “succiona” al ser humano hacia el futuro con sus causas e ideales; es lo que le confiere dignidad al alzarse en rebelión contra el absurdo de lo natural.

La superación del dolor y el sufrimiento aparece, pues, como un proyecto básico que guía a la acción humana. Este futuro se convierte en impulso y dirección fundamental de la vida. Es esta intención la que ha requerido y posibilitado la comunicación entre cuerpos e intenciones diversas en lo que llamamos la “constitución social”.

En el mundo social y humano todo es intencional, nada es natural; ni aun la violencia que genera sufrimiento. El hecho de que el ser humano no posea una “naturaleza” del modo en que la tiene cualquier objeto, el hecho de que su intención tienda a superar las determinaciones naturales, muestra su historicidad radical: es devenir, es transformación, es apertura al cambio. La constitución social es tan histórica como la vida humana, es configurante de la vida humana. Su transformación es continua merced a intenciones, no como ocurre en la naturaleza. En la naturaleza los cambios no ocurren merced a intenciones.

La intencionalidad colectiva es el proceso histórico conjunto del ser humano en una dirección. El ser humano va aprovechando el proceso histórico, va aprovechando todo para construir un nuevo hombre, una nueva sociedad, un nuevo mundo. El proceso histórico se entiende como el despliegue creciente de la intencionalidad humana en su lucha por superar el dolor (físico) y el sufrimiento (mental).

El mundo (incluido el cuerpo) es el punto de aplicación de la intencionalidad humana, aquella de superar el dolor y el sufrimiento. Y al hacerlo transforma el mundo, lo humaniza; con lo que el ser humano no puede sino transformarse, humanizarse. El ser humano se constituye y se construye en su acción en el mundo; y con ello dota de sentido a su vida, al largo proceso de la historia, y al absurdo de la inintencionada naturaleza.

Considerando lo dicho, afirmamos que no existe limitación “natural” alguna que obligue al ser humano, que le impida elegir su mejor futuro, saliendo así de una visión “naturalista” del dolor y el sufrimiento, saliendo de una pre-historia humana, y construyendo intencionalmente una historia mundial, cálidamente humana, en la que el mundo sea prótesis de la nación humana universal.

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