Nuestras creencias: la Realidad

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De niños nuestra realidad cabe en una casa, la casa de nuestros padres y utilizamos nuestro intelecto para imaginar; creamos mundos de fantasía que tomamos, muy fácilmente, como realidad. Estos mundos brotan de una caja, de un rincón de la casa en donde tenemos nuestros juguetes y disfraces, pero son capaces de volar más allá del universo mismo. De niños, nuestro mundo real es muy pequeño, nuestras fantasías enormes y así tenemos muchos espacios donde movernos.

Conforme vamos creciendo nuestro “mundo real” se amplía: la escuela, las casas de los amigos, el barrio, la ciudad, el país; hasta que llegamos a abarcar la realidad del mundo. En este punto ya somos personas adultas. En nuestro ejercicio cotidiano de vivir, constituimos el mundo y nos plantamos sobre una realidad (la propia) de forma tan firme que la fantasía queda relegada para algunas ocasiones (con suerte) o guardada totalmente en el cofre de recuerdos que suele llenarse de polvo.

De adultos, nuestro intelecto es utilizado para generar ideas “serias”. Especulamos acerca de la realidad que llegamos a construir, discutimos, razonamos, formulamos, criticamos… ideas serias, que no son más que eso, ideas que se erigen sobre la enorme realidad que nos sustenta, en la que estamos y en la que vivimos. Se trata de las creencias. La vida humana está constituida por creencias básicas y éstas son nuestra realidad.

El hombre se enfrenta a un mundo y a si mismo, tiene una percepción de ello y realiza una interpretación. Esto no forma parte de su pensamiento, no surge en un momento determinado, sino que está ahí, cuenta con esa forma de interpretar y mediante ella es que genera su realidad.

Las creencias no se formulan, no se discuten porque no son producto de nuestro pensamiento. Cuando pensamos generamos ideas, contenidos de nuestro intelecto que no son nuestra realidad dado que para que podamos ejercer la acción de pensar nuestro intelecto debe estar sustentado por una realidad desde donde comenzar.

Nuestras creencias, operando como fondo, conforman nuestra realidad. Por lo tanto contamos con ellas siempre, sin pausa y no necesitamos hacernos cuestión porque están allí. Ortega y Gasset explica muy bien esta diferencia de la siguiente manera: … “las creencias constituyen el continente de nuestra vida y, por ello, no tienen el carácter de contenidos particulares dentro de ésta. Cabe decir que no son ideas que tenemos, sino ideas que somos.”1

Cuando pensamos, cuando adherimos a ciertas ideas, teorías o razonamientos de otros que nos parecen correctos, que son por lo tanto verdades para nosotros, lo hacemos en un momento dado y somos conscientes de ello. Por ejemplo, si queremos escribir una carta a un ser querido, nuestro intelecto piensa en lo que vamos a decir y si razonamos esta acción pensamos que tomamos un papel y una lapicera y utilizando estos instrumentos nos servimos de las palabras para expresarnos. Nuestras ideas pueden crear una carta más o menos poética, con mejor o peor retórica, con una sintaxis más o menos correcta, pero nunca nos ponemos a pensar si todo este conjunto de letras en verdad quieren decir lo que pretendemos. Lo damos por hecho porque contamos con esto y el lenguaje es parte de nuestra realidad.

¿Cómo se forman nuestras creencias?

Algunas las heredamos, de nuestro entorno y también de la época a la que pertenecemos; otras las vamos constituyendo de acuerdo a nuestra experiencia, a las situaciones que vivimos, a las dificultades con las que nos enfrentamos y como respuesta de lo que percibimos. Así se van gestando nuestras creencias, formando un colchón sobre el que nos es sustentable la vida.

Creemos en aquellas cosas de las cuales no tenemos la menor idea pero que defendemos en los actos y no en las palabras. Creemos sin más. No somos conscientes de nuestras creencias como tales, solo vivimos conforme a ellas porque para nosotros son la realidad. Esa asociación es la forma más fuerte de “defenderlas”, de serles fiel. Y es porque tenemos verdadera fe en ellas que ni siquiera necesitamos traerlas al nivel del intelecto para especular, sino que para nosotros no tienen lugar a dudas…

La duda

Cuando por alguna razón se genera una grieta y se produce un corte en nuestras creencias, comenzamos a dudar. Aquello que se explica como crisis en la evolución científica equivale a nuestra duda. No a la duda metódica o intelectual, la verdadera duda que se yergue ante nosotros como la muerte y como tal es la vida misma, es la otra cara de la misma moneda. O sea, la duda surge de la creencia y es lo mismo que la creencia, como la muerte surge de la vida. Si no hay vida no hay muerte, sin creencia no hay duda. La duda es, pues, desacomodamiento, conflicto de creencias antagónicas, la duda es ambigüedad. Sentimos que la vida es ambigua, que la realidad no se nos aparece tan clara como solía y no sabemos qué pensar… Justamente en estos momentos donde la fortaleza de nuestras creencias se desvanece y genera un hueco, allí surge la duda. El virus de la duda que acude a su médico más querido, el intelecto y a su medicina más eficaz, las ideas.

Salimos de la duda, pensando, buscando alternativas, nuevas formas. A través de este mecanismo tratamos de acomodarnos en el mundo, nuestro mundo que habiendo perdido la estabilidad se nos presenta incómodo, nos hace tambalear, naufragar. Entonces, nuestro intelecto busca estabilidad donde la duda había sembrado arenas movedizas. Ante esta situación sentimos dolor, sufrimos. Nos sentimos perdidos y buscamos la tranquilidad que solíamos tener. ¿Quién se siente bien cuando el suelo, bajo sus pies, no lo deja correr?

Lo verdadero y aún lo científicamente verdadero, no es sino un caso particular de lo fantásticoHaz click para twittear

En el mundo de hoy, en nuestros días, esta sensación de inestabilidad habita, generalizada, en jóvenes y adultos. El problema es que no tomamos conciencia de que la solución está en cada uno de nosotros y depende exclusivamente de nosotros.

Realidad y fantasía: la misma cosa.

Si entendemos que somos los productores de nuestra realidad, si hacemos conscientes nuestras creencias y comprendemos que ellas son creadas por nosotros y son las que nos hacen ver el mundo desde una perspectiva, podemos entender también que el mundo, nuestra perspectiva del mundo, vive en nosotros, no existe como realidad aislada. Y nosotros vivimos en ella tal y como la concebimos, hasta que por algún motivo se produce un quiebre, un desplazamiento de nuestras creencias y nos vemos en la necesidad de reconstruirla. La realidad nos necesita para existir de algún modo y por lo tanto cuando esa realidad no nos satisface, nos hace sufrir y nos vemos forzados a cambiarla para sentirnos mejor, para “estar mejor” en ella, tenemos la oportunidad de moldear el mundo como mejor nos parezca. Lo importante es que muchas veces sentimos que no somos capaces de cambiar esa realidad, solo porque no entendemos que nuestro mundo, nuestras creencias son nuestra obra; de la misma manera que lo son la ciencia, la literatura, las artes y todas las cosas. El mundo tal y como existe para nosotros hoy, es una forma del mundo que desarrollamos. Pero no tiene existencia propia, sino que depende de nuestra fe en él. De modo que en cuanto dudemos de la realidad de este mundo podremos conformar otro diferente…

Pero entonces, la solución está al alcance de nuestra mano, está en nosotros, en nuestra percepción de la realidad. Simplemente está guardada en el cofre de los recuerdos. Recordemos cómo hacíamos cuando éramos niños para crear mundos diferentes… Utilizando nuestra fantasía, nuestra imaginación, imaginemos mundos posibles, no es difícil. Seamos niños, dejemos de pensar en “ideas serias” y usemos nuestra fantasía, nuestra capacidad creadora de realidades. Porque: “lo verdadero y aún lo científicamente verdadero, no es sino un caso particular de lo fantástico.”1

1. Ortega y Gasset, José. Ideas y Creencias

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