Ortega y Gasset evocado por su amigo Marañón

Iba a titular este trabajo “Claroscuro: Ortega visto por dos Gregorios (Marañón y Morán)”. Intención descartada porque me habría alargado, pero sobretodo porque nada mejor que basarme en el doctor para pergeñar estas líneas de recuerdo a Ortega (9 mayo 1883 – 18 octubre 1955). Vaya, también Marañón murió con 72 años. Y Unamuno.

Por Julio Aguilar

Gregorio Marañón (Madrid 1887-1960)

Nadie deja correr su pluma por el papel hoy sin que pulse en ella un latido, lejano o próximo, de este hombre obstinadamente ajeno a todo lo oficial, casi pobre, que ha muerto, sin un solo cargo, sin un solo honor, […] pero con el que irremisiblemente tendrá que contar en adelante el pensamiento español y, en buena parte, el universal.

“Universidad y retórica en Ortega”. Gregorio Marañón, noviembre de 1955.

 

Iba a titular este trabajo “Claroscuro: Ortega visto por dos Gregorios (Marañón y Morán)”. Intención descartada porque me habría alargado, pero sobretodo porque nada mejor que basarme en el doctor para pergeñar estas líneas de recuerdo a Ortega (9 mayo 1883 – 18 octubre 1955). Vaya, también Marañón murió con 72 años. Y Unamuno.

Por otro lado, el médico lo conoció en carne y hueso, y las palabras que le dedica, publicadas en días cercanos a la muerte del filósofo, son reflejo de su ojo clínico, que salió del ámbito sanitario a tratar de esclarecer los mundos pretéritos de la Historia y de su tiempo coetáneo y, en este caso, de la vida y obra de su amigo Ortega con propósito tan benévolo como atinado.

Tengo un vago recuerdo de haber escuchado in situ una conversación de uno de los hijos del filósofo, creo que Miguel, indignado ante el libro de Morán, “El maestro en el erial”. Lo comprendí, pues recién lo había yo medio leído. No entro a criticar la citada obra, pero cualquier hijo se sentiría molesto si leyera sobre su padre varias de las afirmaciones contenidas en ella.

El médico-historiador definió la amistad como “el primer grado de parentesco”. Conveniente para realzar la intencionalidad del “amigo” del título del artículo. Bajo sus diferencias de trayectoria, pensamiento y carácter, actuó una amistad superadora de cualesquiera divergencias en el tratamiento que ambos dieron a los innumerables asuntos que trataron e incluso iluminaron con su pluma. Así que, pienso, la confluencia de la Fundación dedicada a cada uno de ellos en la FOM (Fundación Ortega-Marañón) ha sido un acierto.

A poco de morir el filósofo-escritor, Marañón escribe para señalar que la irrupción de Ortega en el panorama periodístico español, después en el libresco, supuso un hito:

 […] bastaría leer los periódicos inmediatamente anteriores a sus primeros artículos y los de después. Cuando aparecieron […] hicieron la impresión de algo físico que se producía en el mundo del pensamiento, algo como una ventana que se abriera de repente.

Para Don Gregorio su amigo tuvo desde muy joven “la visión profunda de las cosas”, además de un rigor científico poco presente en tantos autores españoles, “que anegó su obra de trascendencia”.

Yendo a cómo enjuicia la labor universitaria de Ortega decir, a modo de preámbulo, en momentos de actualidad triste para la universidad por los casos de presunta o real corrupción que vamos conociendo, que ya Marañón afirmó, en frase audaz entonces, que allí estaba enquistado “el último reducto del clásico cacique español”. Esto, apuntado por un hombre que tanto la amó; pero, quizá precisamente de esa cercanía naciera su crítica, porque nada querríamos ver tan impoluto como lo que amamos. Y, volviendo al filósofo, “Ortega, pienso que ha sido el paradigma de nuestros universitarios. Nadie le ha superado en esta altísima representación”.

También son de notable interés estas palabras:

Se ha dicho, con intención despectiva, que Ortega fue ante todo un periodista. También lo dijo él en alguna ocasión. Pero el periódico, entre las muchas cosas que puede ser, es cátedra. Las lecciones de Ortega en la Universidad tenían, como sus ensayos en las revistas y en las hojas diarias, la misma fuerza creadora y la misma dignidad.

Esa “intención despectiva” que acaba de indicarnos el doctor en quienes lo fustigaron por ser, según ellos, más periodista que filósofo, le sugiere a alguien tan ponderado, tan contenido como él, este párrafo en que asoma la palabra “airadamente”, pasaje que sólo podrá entender quien conozca en profundidad la obra de Gregorio Magno[1]:

Algunos han dicho que Ortega muere sin dejar escrita su obra filosófica. Ya he comentado airadamente esta afirmación. ¿Qué querían los que piensan así? Querían, sin duda, un epítome universitario, que hubiera envejecido y pasado en unos años al museo arqueológico de la Historia de la Filosofía, tras de servir de tema de discusión en las trincas de las oposiciones y de ponerle peros dogmáticos los otros profesores de la Universidad. Por fortuna no ha sido así. Ortega no ha escrito su epítome filosófico. Pero ha dejado, decía yo hace poco, los seis tomos de sus Obras Completas, que son un temario universal, […].

La cita con que se abre el artículo y ésta que pasamos a leer son de tonalidad similar; y ambas, también las demás, nos ofrecen el precipitado (palabra de reminiscencias orteguianas) de lo que supuso e incluso sigue suponiendo su figura en el ámbito cultural:

Y ahora todos vivimos, poco o mucho, en nuestro repertorio intelectual, de Ortega. Y no sólo los que le siguen o le imitan, sabiéndolo o no, sino hasta los que no se parecen a él y hasta los que le han combatido […].

Que Marañón alabe “su retórica maravillosa” tiene un valor especial, pues el doctor escribió en repetidas ocasiones que, al menos en la enseñanza, las dotes de elocuencia han de refrenarse, porque ésta es “un dulce anestésico para el cerebro del que aprende”. Muy resumido: que el buen hablar podría ir en contra de la imprescindible claridad expositiva. No obstante, en Ortega no ve el doctor ese efecto pernicioso en su brillantez expresiva, sino todo lo contrario. Así que, a este particular, sigue diciendo:

 Gran retórico fue Ortega, tal vez uno de los pocos que no sucumbieron ante la confusión de la plebeyez con la naturalidad.

Claro, Ortega y plebeyez son términos incompatibles. Marañón no soslaya aludir al aristocratismo orteguiano, aunque lo acota:

Se ha dicho que su visión de la humanidad estaba limitada por el rigor aristocrático con que elegía a sus interlocutores. Este reproche tenía una parte de verdad, pero no hay que exagerar su importancia.

Acotación, en mi opinión, innecesaria, pues el sentido aristocrático de Ortega no supone desdoro alguno. El propio doctor no fue ajeno a cierta idea aristocrática de alta nota. Otra cosa es que nuestro actual espíritu de época rechace con automatismo, como accionada por un resorte, la palabra. Por otro lado, el autor de “España invertebrada”, diga lo que diga Morán, recibió un trato desconsiderado desde ambos lados de la trinchera ideológica española, antes de y tras 1936. El médico-historiador escribe esto, muy atrevido para 1955:

Era tan español que, a veces, los patriotas de profesión, gente de poco sentido, le motejaron de no ser patriota, lo cual es el reactivo infalible del verdadero amor al país vernáculo.

La obra de Ortega está entreverada de gráciles metáforas, dueño como fue de un lenguaje pleno de belleza en el que ocupa lugar su “particular predilección por las ciencias físicas y naturales, cuyos datos utilizaba con sagacidad para esclarecer los problemas históricos, sociológicos o metafísicos”. Ya  sólo[2] por esta sutil observación merece la pena hablar de Ortega a través de las lentes de Marañón.

Indicaré ahora una sola de las varias diferencias que advierto entre ambos: mientras la religiosidad del doctor se fue acendrando, Ortega se mantuvo en un laicismo que, tras su regreso a España en 1945 (con retaguardia lisboeta), era casi suicida. Pero su amicísimo escribe unas palabras indelebles y sobrecogedoras:

Como siempre que un gran español desaparece, hubo discusiones sobre algo en lo que es imposible profundizar: sobre su actitud en la hora suprema de clarividencia que precede al final. La paz en la que Ortega descansa debe nimbar de luz su memoria e imponer silencio a las conjeturas que pudieran hacerse sobre lo que fue la intimidad de su alma.

Aunque desearía entrar a este feo asunto, radiografía nítida de la sociedad oficial española de 1955, penetrada de un catolicismo tan aparatoso como carente de substancia espiritual, voy a mostrar obediencia a Marañón. Silencio, pues.


[1] Voy de memoria, pero creo que así se refirieron a él en algunos de los artículos con motivo de su muerte, consultados por mí unas cuatro décadas después. Por otro lado, explicar en profundidad la cita que sigue a ese apelativo alargaría este artículo en varios cientos de palabras.

[2] En función adverbial sigo tildando el término. Por cierto, como algunos miembros de la RAE.

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