La Rebelión de las masas

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Este libro es el más conocido y el peor entendido de la obra de Ortega. Su lectura superficial -y, probablemente, parcial- desde un punto de vista político, ha dado lugar a los mayores malentendidos. Ortega escribe para «cabezas claras» y su lectura implica una actitud dialogante, activa y abierta.

En el libro, nos expone su preocupación ante el cariz que están tomando los acontecimientos en Europa y el mundo, analizando las causas y consecuencias de este hecho. Lo primero que sorprende es constatar que se nos está describiendo una situación en 1930 que es, si cabe, más vigente en la actualidad del siglo XXI.

Por un lado, se ha producido un formidable avance en la técnica, en la capacidad de producción y disfrute de objetos, una subida del «nivel histórico» que permite a las mayorias gozar de los privilegios contemplados antes para unos pocos, y aún más.

Por otro lado, -y como consecuencia de lo anterior- se ha instalado en el poder un tipo de hombre -que no una clase social- que es el «hombre-masa»: «El especialista [científico, técnico, político, etc.] nos sirve para concretar enérgicamente la especie [de hombre-masa] y hacernos ver todo el radicalismo de su novedad. Porque antes los hombres podían dividirse, sencillamente, en sabios e ignorantes. Pero el especialista no puede ser subsumido bajo ninguna de esas dos categorías. No es sabio porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es “un hombre de ciencia” y conoce muy bien su porciúncula de universo. Habremos de decir que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio». (Cap. XII, «La barbarie del “especialismo”») Hoy, el hombre medio -especialista o no- posee una enorme cantidad de información, de datos, pero, inversamente a lo que cabría imaginar, es más hermético, más inflexible en sus opiniones e ideas. Es un sabio-ignorante incapaz de «escuchar», de reconocer, de dejarse orientar por los que verdaderamente saben. Y esta esencial desorientación dirige nuestros destinos.

Dice Ortega: «La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o trivial. Se trata de un condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia. Por un lado, vivir es algo que cada cual hace por sí y para sí. Por otro lado, si esa vida mía, que sólo a mí me importa, no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión y sin “forma”. Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse. […] Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida; es algo a lo que pongo ésta y que por lo mismo está fuera de ella, más allá. Si me resuelvo a andar sólo por dentro de mi vida, egoístamente, no avanzo, no voy a ninguna parte; doy vueltas y revueltas en un mismo lugar.» Es necesario, por tanto, tener un proyecto, un programa de vida a futuro que nos oriente, que nos discipline moralmente, que nos obligue a superarnos día a día. Y esta empresa, para Europa, consiste en convertirse en una idea nacional; en la concreción de un «gigantesco Estado continental» capaz de ser un referente para el resto del mundo.

En la actualidad, contemplamos cómo se está construyendo artificiosamente una Europa muy alejada del sentir del pueblo, basada en criterios puramente económicos, falta de espítitu y de capacidad para ilusionar. Por otro lado, la revolución tecnólogica de los últimos años y la aceleración de los acontecimientos han aumentado el desfasaje entre el estado «vital» en que se encuentra el hombre y su «potencialidad» -el estado en que podría estar-. Esto significa mayor desazón para la gente. El novedoso fenómeno de la mundialización, el contínuo intercambio de objetos y personas (migración) están dando lugar a la idea de nación mundial -idea que trasciende a la de nación continental, pero que pasa por ella-. Hoy, más que nunca, se percibe la necesidad de un nuevo principio de vida para superar la crisis actual; un proyecto, una decisión… la de ponernos a «la altura de los tiempos».

Las páginas de «La rebelión de las masas» rezuman de la filosofía de Ortega y Gasset porque éste es un libro de filosofía, escrito sobre el sustrato de un pensamiento estructurado que, necesariamente, queda reflejado, a veces, de forma larvada o insinuada. Su lectura invita a la reflexión sobre la situación que estamos viviendo y nuestra propia posición al respecto.

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