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Apolíneo y dionisíaco: Hacia una vida auténtica

Nietzsche es considerado uno de los «filósofos de la sospecha» junto a Freud y Marx. Todos ellos, en distinta medida, supieron avistar la crisis social y cultural del momento que les tocó vivir e hicieron sus propuestas en distintos campos. Toda una época, con su sistema de creencias y valores, estaba derrumbándose ante sus ojos. Todavía hoy, estamos en ese período intermedio entre aquel mundo viejo (que da sus últimos coletazos) y el futuro que apenas logra avizorarse.

 

El filósofo alemán es bastante difícil y controvertido. En términos generales, su crítica a la cultura, la religión y la sociedad occidental atendían a la necesidad de su superación. Su famoso anuncio de «la muerte de Dios» (Así habló Zaratustra) representa el advenimiento del nihilismo, la falta de sentido vital, motivada por la creencia en fundamentos externos, sea en la religión, en la ciencia, en la cultura, que nos hacen vivir una vida falseada, donde no asumimos nuestra propia experiencia. Una vida, en definitiva que no es creadora. Un ser humano que no se construye a sí mismo, que no es protagonista de su propia vida, que no articula máscaras con las que actúa libremente en el gran teatro de la vida, no es un humano pleno.

Esta búsqueda de la vida auténtica, caracterizada, posteriormente, en el concepto de «espíritu libre» o «superhombre» se encuentra ya en su primer libro: El nacimiento de la tragedia. Aquí encontramos dos elementos de la cultura clásica griega, dos fuerzas vitales contrapuestas, necesarias para que la vida se exprese en toda su plenitud. Estas fuerzas son lo apolíneo y lo dionisíaco.

Nietzsche critica, sobre todo a la filología, el clasicismo griego, que no es otra cosa que una mirada Moderna, idealizada, del mundo clásico. En esa mirada, se pierde lo esencial, la experiencia que subyace a la tragedia, para quedarse en lo puramente superficial, lo estético. Desde la perspectiva genealógica que propone Nietzsche, es necesario recuperar ese fenómeno cultural para adaptarlo a nuestra propia época en la educación. De este modo crearemos individuos que no teman el conflicto, que no eludan los temas fundamentales de la vida sino que, por el contrario, sepan orientarlos en su propio crecimiento espiritual.

La tragedia griega es la síntesis de lo apolíneo y lo dionisíaco. Apolo representa el progreso, la mesura, la claridad, es un principio de individuación. Dionisos representa la embriaguez, la voluntad, el éxtasis, lo colectivo. La contraposición de ambos conduce a una unidad donde lo apolíneo debe transfigurar la tragedia dionisíaca, su dolor y sufrimiento, a través del arte, dirá Nietzsche.

Es la pérdida de la consideración dionisíaca merced a la instauración de la “racionalidad” que busca la verdad lógica frente al impulso vital lo que debilita y envilece al ser humano.

Lo dionisíaco es la vitalidad que nos incita a actuar, es nuestra vocación, lo que queremos, es la afrenta sufrida por la contingencia cotidiana. Lo apolíneo es la ética y la estética, la estrategia planificada, la ponderación de la acción. En definitiva, una vida auténtica es la que une lo que sentimos con lo que pensamos. Una vida coherente que aspira a superar sus propias contradicciones.

En este sentido de búsqueda de vida auténtica o coherente rescatamos un último concepto de Nietzsche que es importante para la superación del nihilismo en que vivimos. Se trata del “eterno retorno”. Este no es una concepción del tiempo ni una teoría metafísica sino una actitud vital imprescindible para guiarse hacia una vida auténtica. Se trata de vivir cada instante como lo que realmente es, un momento único e irrepetible. Y, por lo mismo, un momento que quisiéramos eternizar porque todo acto auténtico y coherente necesariamente remite a sí mismo. Una vida auténtica se eterniza en el presente porque vuelve sobre sí en cada instante. Vive su actualidad con la máxima intensidad o mejor dicho: se actualiza en cada momento en una acción sobre la que podría volver eternamente porque se unifica lo apolíneo y lo dionisíaco.

El nacimiento de la tragedia

Se trata de primera obra de Nietzsche donde se estudia el origen de la tragedia griega a partir de dos fuerzas o principios vitales: el apolíneo y el dionisíaco

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