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Condiciones para aprender de la historia: la tesis del «regreso al futuro»

Quien no aprende de sus errores está condenado a repetirlos. Es probablemente uno de los aforismos más lúcidos y populares que existe y, sin embargo, es con seguridad uno de los que menos aplicamos en nuestra vida. Errar es humano, se dice. Una máquina no puede equivocarse. En todo caso, puede fallar debido a un mal funcionamiento. Para poder equivocarnos debemos estar en un determinado estado de conciencia, en un nivel más o menos vigílico (no vamos a considerar la posibilidad cierta que puedo soñar que me equivoco).

 

Podemos distinguir un tipo de aprendizaje técnico, de habilidades, memorístico y un tipo de aprendizaje práctico, útil para conducirse mejor en la vida, en la relación con los demás, en los proyectos… Sobre éste último vamos a enfocar este artículo.

Suponemos, entonces, una primera condición para aprender del error: estar atento a la cuenta de lo que hago, en este caso, del error cometido. La segunda condición es el reconocimiento. Esto requiere una cierta coherencia, un poco de seguridad en uno mismo, por así decir. Es sorprendente lo rapidito que, ante cualquier problema, «tiramos pelotas fuera», es decir buscamos justificaciones para no reconocer que nos hemos equivocado. Aquí hay una extraña asociación entre error y culpa. La tercera condición de un estado de aprendizaje es, como diría Erich Fromm, estar en la onda del «ser» y no en la del «tener». Es decir, que nuestra motivación sea ser mejores personas (darle sentido a vivir), no tener más atributos sociales (individualismo consumista).

Estas tres condiciones que definen un estado de conciencia de aprendizaje: atención, coherencia y motivación de ser mejor, están muy lejos de estar presentes en esta época neoirracional y desestructurada en que vivimos. No las encontramos en los líderes políticos y sociales. Ni en los formadores de opinión ni, en general, en todos aquéllos que se encuentran en una situación de poder cuyas decisiones implican la vida de muchas personas. Es como viajar en un autobús con conductor ebrio.

Estamos diciendo que para no repetir errores hemos de aprender y que esto implica un determinado estado de conciencia que no es preeminente a día de hoy. Eso no significa que no haya cada vez más gente lúcida que avance en ese camino de aprendizaje vital (de búsqueda de sentido) sino que los modelos sociales, los referentes y los que conducen esta nave van en la dirección opuesta arrastrando consigo a una incauta masa, desatenta, incoherente y desmotivada internamente (nihilista).

En su ensayo Epílogo del alma desilusionada, Ortega y Gasset hace una brillante aproximación al estado de conciencia general que nos toca vivir. En otro ensayo, El ocaso de las revoluciones, nos introduce una teoría de la historia muy sugerente en esta línea de aprender del pasado para no repetir los mismos errores. Pasamos a describirla brevemente con nuestras palabras.

La historia, como la vida, tiene un desarrollo cíclico espiralado, con avances y retrocesos determinados por las dos fuerzas que tratan de orientar su dirección. Una intención evolutiva, de crecimiento humano versus una fuerza oscurantista deshumanizadora.Haz click para twittear

Podemos hacer una aproximación a la idea de la historia que nos quiere transmitir Ortega pensando en nuestra propia biografía (historia personal). En ella pasamos por diferentes etapas como la infancia, la adolescencia, la madurez y la vejez, en las cuales cometemos distintos tipos de errores que nos posibilitan el aprendizaje evolutivo. Esta misma perspectiva vital nos permite afirmar que, en la biografía social (la historia de los pueblos), también se suceden una serie de ciclos que determinan el desarrollo histórico: El proceso de formación, consolidación y declinación de las civilizaciones. La historia, como la vida misma, tiene un desarrollo cíclico espiralado, con avances y retrocesos determinados por las dos fuerzas (intenciones humanas) que tratan de orientar su dirección. Una intención evolutiva, de crecimiento humano versus una fuerza oscurantista, generadora de dolor, sufrimiento y deshumanización.

Ortega observa tres momentos o etapas por las que transita el estado espiritual del ser humano en un ciclo histórico completo. La primera de ella es la Tradicionalista. En el tradicionalismo la fe, las creencias, el fundamento de las cosas está puesto en la autoridad. Hay un espíritu de seguridad en la tradición. Pone el ejemplo de la Edad Media europea fundamentada en la creencia en un Dios todopoderoso y en la autoridad de la dupla Iglesia/Imperio con todo un sistema económico, político y social adaptado a ese modelo de servidumbre. Pero la historia es dinámica y los mitos que fundamentan la tradición empiezan a ir desencajando en la medida que los individuos van cobrando protagonismo.

La etapa Racionalista que sucede al Tradicionalismo es esencialmente revolucionaria. El ser humano sumergido en la obediencia servil descubre su potencial subjetivo y se rebela contra la autoridad para construir su propia utopía. El antiguo espíritu de aceptación naturalista de la realidad se convierte en revolucionario idealismo. Aquí observamos el progreso de la Modernidad inaugurada por Descartes, el racionalismo y la Ilustración, el avance de la ciencia y la tecnología, el progreso económico, político y social en un modelo basado en la autonomía de la razón, que comienza en la subjetividad del propio individuo.

Pero la Razón se agota en sus propios límites y sobreviene el alma desilusionada en la que perdemos esa seguridad en sí mismo. Estamos en una etapa Mística o pre-Religiosa donde carecemos de elementos en los que sustentarnos. No podemos apelar a la autoridad de una tradición colectiva ni al poder de la razón subjetiva pero necesitamos llenar un «vacío» existencial. Esta etapa constituirá el germen de un nuevo Mito que permitirá el surgimiento de otra civilización y el comienzo de un nuevo ciclo histórico.

Ortega explica que la tradición, el racionalismo y la mitología operan siempre en la historia humana. Lo que ocurre es que, en cada momento del ciclo predomina una de esas visiones de la realidad.

Estamos sintetizando un desarrollo elaborado de Ortega que no deja de ser una simplificación de la historia. Pero, en el estado de aprendizaje, como vimos, el primer paso es atender desde una perspectiva amplia que nos permita observar procesos, direcciones. Así observamos hacia dónde vamos a grandes rasgos para sacar conclusiones que aplicar a situaciones concretas. Es como analizar la propia vida. Puedo quedarme atrapado en la infinidad de acontecimientos que me han pasado o puedo atender a la dirección de mi vida, hacia dónde voy en general y comprender por qué me pasa lo que me pasa. Por ejemplo, puedo observar mi tendencia a la susceptibilidad y comprender que, mucho de lo que me pasa, tiene que ver una actitud defensiva ante la creencia que los demás quieren aprovecharse de mí. Puedo reconocer, además, la génesis de esa tendencia en determinados hechos acontecidos en mi etapa de educación infantil. Y puedo motivarme a cambiar la actitud.

Según Ortega hemos entrado en la etapa pre-religiosa que da comienzo a un nuevo Mito del que emergerá una civilización nueva. Pero ojo al dato. Estamos en una perspectiva vitalista, no naturalista o determinista. La historia es compleja y depende de las intenciones de los pueblos. Nada está escrito. Hay que tener en cuenta que las primeras civilizaciones estaban relativamente desconectadas (pensemos en Mesopotamia, China, América). Luego se fueron interconectando cada vez más (Egipto, Grecia, Roma) dando una cierta continuidad. En la actualidad hemos llegado a la globalización como fenómeno nuevo en la historia. La próxima civilización será mundial o no será.

Vamos a aventurar una tesis. En los periodos de transición entre las etapas tradicionalista, racionalista y mitológica se produce una situación de crisis acorde con la caída de la anterior visión del mundo y la latencia de la nueva imagen que todavía debe configurarse. En esa situación de deriva, de desorientación general, se intenta conectar con un punto de referencia del pasado donde se produjo una especie de ruptura que sirva de anclaje para proyectarse a futuro.

Esta suerte de «regreso al futuro» propio de la crisis de entre-épocas es realizado tanto por las fuerzas precursoras como por las perseguidoras. Un periodo de transición de este tipo, muy conocido, es el Renacimiento. En los, aproximadamente, tres siglos que duró se produjo la definitiva caída del mundo medieval (visión tradicionalista) y el surgimiento de la Modernidad (etapa racionalista). Fue un tiempo de enormes crisis, guerras, hambrunas… en el que se vislumbra claramente esa lucha de intenciones. Por un lado, los precursores humanistas, en su negación de la tradición escolástica, buscan las raíces de una nueva visión del hombre y del mundo en los clásicos de la antigüedad (Platón, Aristóteles, Cicerón…) así como en los valores del cristianismo primitivo enfocado en la vida de Jesucristo. Por el otro lado, los perseguidores oscurantistas defienden a capa y espada los valores medievales y de la Iglesia tradicional y, cuando no les queda más remedio, se entroncan con la patrística (los padres de la Iglesia) para mostrar aparente reforma (en este caso, Contrarreforma) e incluso arrogarse las virtudes de sus víctimas.

Podemos entender esta idea con un ejemplo, a menor escala, en la historia reciente de España. Durante la llamada Transición española (por analogía, vendría a ser el Renacimiento) se iniciaron dos interpretaciones antagónicas de la historia cuya tensión se acentúa en la actualidad. Por un lado, las fuerzas de izquierda (por analogía, los «humanistas») consideran el golpe de estado y la dictadura franquista una ruptura de la historia. Es decir, conectan la democracia española con las valores de la República retomando su proyecto en algún sentido. Del otro lado, las fuerzas de derechas (oscurantismo) consideran que la República fue una ruptura respecto al régimen anterior. Es decir, ellos piensan que la República fue un gobierno ilegítimo y se sienten continuadores de la Restauración borbónica. Así pueden justificar la actual monarquía a la vez que minimizan, justifican y hasta defienden los valores y métodos de la Dictadura de Franco (que, en nuestro ejemplo, representaría a la Época tradicionalista medieval). E incluso se atreven a presentase a sí mismos como los verdaderos valedores de la democracia cuando son los que más trabas le han puesto y los que menos la respetan.*

Concluimos enfatizando en la importancia de estos periodos de tránsito. Decimos que se caracterizan por ser recodos de la historia que posibilitan transformaciones y visibilizan las confrontación entre las dos grandes fuerzas que orientan la historia. Hoy estamos inmersos en una de ellos: Un nuevo renacimiento en el que debería florecer otra visión del ser humano en lo que será la primera civilización mundial. Si triunfan las fuerzas que promueva el nuevo humanismo este ser humano constituirá una síntesis de lo mejor de todas las culturas en el marco de una Nación Humana Universal. El oscurantismo no lo va a poner fácil.

Desde el punto de vista de la actitud de aprendizaje que aludíamos al comienzo recomendamos estar atentos a discernir entre las fuerzas que mueven la historia y reconocer cuál de ellas influye más en nuestra vida. Finalmente, invitamos a motivarse por aquéllas actividades vitalmente enriquecedoras que nos ayudan a avanzar hacia la coherencia y la felicidad. Y, sobre todo, buscar nuestro punto de anclaje para proyectarnos a futuro en lo mejor de cada persona, colectivo y cultura.


*Nota: Se da la circunstancia que el fascismo en España nunca fue derrotado porque a USA le convenía más mantenerlo. En el resto de Europa, donde el fascismo sí fue derrotado, hay una mayor conciencia de ruptura antifascista incluso en la derecha que se afana por ocultar cualquier vínculo con el nazismo. Por este motivo, los europeos, incluso dentro del grupo parlamentario en que se integra el PP, no acaban de entender la falta de complejos de los populares para gobernar con Vox. El blanqueo de la extrema derecha en toda Europa y el auge del neofascismo responde a una estrategia de las fuerzas del oscurantismo en su lucha por impedir el progreso humano.