El Helenismo: la configuración de las actitudes de decadencia (III)

En artículos anteriores indagamos brevemente en el comienzo de ciclo de la civilización griega. Consideramos que, en tanto herederos de esa etapa histórico-cultural, la comprensión de su surgimiento era como una suerte de sondeo en la modelación de nuestras categorías cognitivas y axiológicas, es decir, en la forma de ver y sentir el mundo que nos caracteriza.

 

Con Parménides nos adentramos en el nacimiento de la metafísica como búsqueda de lo que esencialmente son las cosas. Así llegamos a formular la configuración de lo que denominamos el “prejuicio del pensamiento estático”. Esta nueva “forma mental”, que detectamos en el eleata, puede parecer un tanto burda desde nuestra perspectiva. Básicamente, Parménides afirma una tautología: lo que es, es y lo que no es, no es que niega que algo pueda no ser porque es imposible. Dijimos que el problema del pensamiento posterior es que se aceptó, o no se puso en cuestión, la primera parte de la tautología, es decir, la de que las cosas “son”, la de la idea de que, detrás de las cosas, detrás de lo que llamamos “realidad” hay una esencia inmutable, una verdad absoluta, un “algo” que por muy etéreo que se lo considere, sea una “idea” o sea un “concepto” es una estructura determinada permanentemente, es decir, estática, inmutable.

Aceptada esa idea tan “razonable” del “ser” de las cosas, nos abocamos a resolver el problema de la segunda parte de la premisa, esa que afirma que no puede ser que algo no sea. Esta idea es aparentemente fácil de refutar porque choca absolutamente con lo que nos muestran los sentidos y lo que nos dice el sentido común. Ahí está la Parca para demostrar que en algún momento todos dejaremos de ser. Es evidente que el mundo no está quieto: en el mundo hay creación y hay destrucción, hay estrellas que nacen y mueren, hay cosas que cambian… La cuestión es que si negamos la segunda parte de la premisa (asumiendo que las cosas pueden cambiar) pero mantenemos la afirmación de la primera, necesariamente caeremos en una contradicción que dará lugar a la paradoja de la verdad y la apariencia.

Puede parecer una perogrullada pero estamos tratando de indagar la raíz de una forma mental, el origen de una característica manera de pensar o la conformación de un peculiar tipo de mirada inherente a nuestro mundo occidental. Esta mirada, que es el filtro a través del cual interpretamos las cosas, se encuentra constreñida por el pensamiento estático y su contradicción dualista actuando como un prejuicio que nos dificulta aprehender las relaciones entre las cosas o comprender las dinámicas de cambio porque es una mirada estática o cosificadora cuya función principal es legitimar la violencia.

Y esto es así porque estamos asumiendo implícitamente la afirmación de Parménides de que toda esencia tiene algún tipo de “entidad” o de “cosidad” aunque no sea material como en el caso de los conceptos abstractos. De este modo la mirada estática categoriza lo real estableciendo esencias que constituyen estructuras cognitivas fijas e inmutables. Por ejemplo, para definir lo humano se intenta precisar una “naturaleza” que lo diferencie del animal. Pero la idea de que hay “algo fijo” que nos define como humanos presenta al menos dos dificultades (consustanciales a toda mirada estática):

La primera es que continuamos en la contradicción del principio. Si tenemos una esencia (lo que es, es) que nos determina ontológicamente no podemos explicar fácilmente su genealogía y su evolución (lo que no es, no es) porque estamos ceñidos a una mirada óntica, “desde afuera”, como quien describe un objeto externo. Podremos discernir infinitos detalles pero siempre careceremos de la comprensión de su dinámica interna y de su entramado contextual.

La segunda dificultad es que esa mirada cosificadora no lo es en abstracto porque el pensamiento siempre es situado, es decir, responde a legitimaciones de intenciones, intereses, valores del mundo en que se vive. De esta forma, en un contexto de colonialización, por ejemplo, una teoría evolucionista que establezca los diferentes grados de “humanidad” resulta útil para un modelo de explotación de aquellos que sean considerados “menos humanos” que los “explotadores”.

Otro ejemplo. La mirada externa del pensamiento estático aplicada a la interpretación de la historia nos da dos tipos de modelos. El primero es el “circular” del paradigma griego en el que el mundo es increado y eterno dentro de una permanente repetición. El segundo viene por la introducción judeocristiana del concepto de “Creación” y da lugar a un modelo de historia lineal, con un principio y un fin, parecida a una sucesión cronológica de hechos puestos uno al lado del otro.

Nos hemos detenido un poco en tratar de describir lo que llamamos el “prejuicio del pensamiento estático” que opera en nuestra forma mental al que tendríamos que contraponer un tipo de pensamiento dinámico o relacional que mira (interpreta) lo real “desde adentro” y cuya esencia es, básicamente, cambiante. La interpretación dinámica de la historia propondría un modelo alternativo a los anteriores que resultaría “espiralado” en el cual tenderían a repetirse una serie de “patrones” cíclicos en diferentes niveles del proceso. Este modelo, hasta cierto punto, se puede considerar una síntesis que integra y supera la dialéctica entre lo cíclico y lo lineal.

Sobre este punto profundizaremos más adelante pero, desde ya, afirmamos que esa es nuestra visión de la historia y que, por eso nos interesa especialmente dos momentos concretos del ciclo completo de la civilización griega. Hemos repasado someramente la primera etapa de formación que culminará en la época clásica (que nos vamos a saltar) y ahora vamos a afrontar la etapa final o de decadencia porque todo fin puede ser el comienzo de algo y hay un punto intermedio entre el final de un proceso y el comienzo de otro, al que llamamos “tránsito”, que constituye, en sí mismo, un momento histórico hacia el que nos dirigimos.

El período helenístico representa la tercera etapa de la civilización griega que comienza con la fragmentación del imperio forjado por Alejandro Magno tras su muerte en 323 a.C. Se impone el poder de la fuerza y la dominación sucediéndose guerras interminables así como la fusión y el sincretismo de las diversas culturas y religiones que integraban el imperio. Esta conjunción de elementos occidentales y orientales constituyó una cultura híbrida que se denominó helenismo. Son relativamente escasos los documentos históricos que narran este período.

Durante los tres siglos que duró el helenismo Alejandría desplazó a Atenas como centro cultural del mundo heleno. Evidentemente el helenismo es un tiempo sumamente dinámico y creativo, y particularmente ecléctico. No podemos entrar aquí en una descripción detallada. Sólo nos interesa destacar el tono general de tránsito entre ciclos históricos. Estos tránsitos son vividos como crisis en las creencias básicas de tipo religioso, normativo, cultural; crisis de los modelos de vida y de las costumbres; caída de instituciones; hundimiento de sistemas políticos y económicos.. en la medida que van perdiendo su fuerza de cohesión frente a la búsqueda de nuevos recursos cognitivos, axiológicos y pragmáticos que orienten y que den sentido a la existencia. Ortega describe este tipo de situaciones históricas en términos de “desilusión” y afirma: “En tiempos de salud goza el hombre medio de la dosis de valor personal que baste para afrontar honestamente los casos de la vida. En estas edades de consunción, el valor se convierte en una cualidad insólita que sólo algunos poseen. La valentía se torna profesión, y sus profesionales componen la soldadesca que se alza contra todo el poder público y oprime estúpidamente el resto del cuerpo social.” (Ortega, 1995)

(Una característica que no hemos mencionado respecto al helenismo, y en general, a las caídas de los imperialismos es el proceso de profesionalización de la guerra con la introducción de mercenarios y el creciente aumento del gasto militar para sustentar los ejércitos. También ocurrió en los últimos tiempos del imperio romano y en la actualidad vemos los aumentos del presupuesto militar de muchos países junto a la guerra de mercenarios y las empresas de paramilitares que contratan las potencias para “proteger” a sus jóvenes soldados en el frente.)

En los ensayos El ocaso de las revoluciones y Epílogo del alma desilusionada Ortega describe los tres grandes extremos por los que pasa la estructura de la psique humana en un ciclo histórico completo, a saber: el alma tradicionalista propia del comienzo de una civilización, el alma racionalista, propia de los periodos de apogeo o clásicos, y el alma desilusionada propia de las etapas finales (que él denomina míticas o prerreligiosas). (Ortega, 1995)

Pierre Lévéque habla del “fin de la tragedia” en este momento social y su sustitución por una llamada “comedia nueva” de carácter evasivo que trata la vida cotidiana y, principalmente, versa sobre temas de amor: “…esa comedia, a menudo rayana en lo patético, seguía siendo alegre. A modo de ocurrencias, conservó los procedimientos de la comedia común: parodias, habladurías de cocineros, jactancias de soldados fanfarrones, narraciones de parásitos, intrigas de esclavos que engañaban a vejestorios.” (Lévéque,  2006). El teatro y la poesía, que alcanzan altas cotas de finura, es descrito por Lévéque en términos de “evasión” en un contexto de incremento demográfico de las ciudades y de diferenciación creciente de una burguesía en aumento frente a un pueblo llano que ya no es el demos de las reformas de Clístenes.

En palabras de Anthony A. Long: “La filosofía, así lo han dicho muchos, respondía a la inestable época de los monarcas helenísticos, desviándose de la especulación desinteresada, hacia una búsqueda de seguridad para el individuo. El estoicismo ha sido descrito como un sistema armado precipitado, violentamente, para enfrentarse con un mundo desconcertado. Aislar el escepticismo y el epicureismo de su medio ambiente constituiría ciertamente un error.” (Long, 1984). Long defiende la filosofía que podríamos denominar “práctica” de este período frente a aquéllos que consideran que la filosofía es pura especulación metafísica y piensan estas etapas en términos de “lagunas filosóficas”.

Filosofías de decadencia

Estamos dibujando un paisaje que se corresponde con una situación altamente contingente en la que quedan pocos elementos que den consistencia o seguridad a la existencia. Esta condición de inestabilidad deriva de la pérdida de vigencia de los modelos, de los usos y costumbres que cohesionaban y daban coherencia y sentido a la vida de las generaciones anteriores y que ahora quedan sumergidas en un marasmo vital que, de todas formas, tiene la virtud de poder devenir en el comienzo de algo nuevo. El problema es que, en ese clima nebuloso, se ha posado un manto de incertidumbre que impide vislumbrar una salida diáfana a la encrucijada en que se está enredado.

Las grandes filosofías del helenismo, inmersas en el marasmo, inauguran o formalizan las actitudes básicas ante la vida que se tomarán en momentos de decadencia. No nos interesa profundizar en ellas porque no estamos haciendo Historia de la Filosofía. Estamos intentando rastrear las motivaciones y sensibilidades relativas a cada etapa de un ciclo histórico completo encajándolas en una interpretación que explique su dinámica interna. De este modo destacaremos brevemente las actitudes ante la vida que representan cada una de ellas sin pretender, ni muchos menos, desmerecer la categoría doctrinal que las constituye.

Los epicúreos:

“Epicuro pensó que podía rastrear las causas de la infelicidad humana en creencias erróneas propias de su sociedad […] era considerado entre sus seguidores como un ‘salvador’, como el portador de la ‘luz'” (Long, 1984). Evidentemente Epicuro no era un predicador sino un filósofo que, según Long, trataba de exponer una teoría filosófica a través de una serie de argumentos y testimonios con el objeto de persuadir a quienes le escucharan.

En este contexto de fragmentación y crisis social es fácil concebir una tendencia del individuo a ocuparse de sí mismo, un aumento del individualismo y la proliferación de actitudes y propuestas de tipo salvacionista. Lucrecio, doscientos años después, afirmará de la enseñanza de Epicuro que es “la única fuente de salvación humana”. De este modo, la filosofía está atada a una actitud que debe confrontar pero, de la cual, tampoco puede evadirse. Long describe el epicureismo como “una extraña mezcla de terco empirismo, metafísica especulativa y reglas para alcanzar una vida sosegada”.

Se trata pues de una filosofía que se preocupa por ayudar a los hombres a alcanzar la felicidad y que se fundamenta en el hecho de que todo conocimiento es de carácter sensorial, que niega que los dioses sean causa de movimiento alguno y que el alma tenga alguna pervivencia posterior a la muerte. El propósito de estas ideas es evitar el temor y el sufrimiento causados por la atribución de la influencia externa en los asuntos humanos por parte de deidades desfavorables o condicionamientos respecto a juicios divinos y castigos eternos en una vida de ultratumba. En este punto, nos explica Long, que Epicuro se enfrenta a Platón y Aristóteles, que no niegan tal correlación, constituyendo tales creencias “la primera fuente de inquietud humana”

Por otro lado, los filósofos clásicos consideraban la virtud como ingrediente esencial de una vida placentera. Inversamente, el materialismo epicúreo considera el placer como un fin en sí mismo que modula nuestro comportamiento en función de la sensación que nos produce aquello que hacemos.

“… decimos que el placer es punto de partida y el fin de una vida bienaventurada. Porque reconocemos al placer como bien primario y connatural. Iniciamos todo acto de aceptación y de rechazo partiendo de él, y es al placer adonde volvemos al utilizar nuestra experiencia del placer como criterio de toda cosa buena” (Epicuro. Carta a Meneceo, 128-9).

Este párrafo podría hacernos pensar que estamos ante una filosofía hedonista y, probablemente, en la práctica, y teniendo en cuenta el contexto, podemos imaginar que acabó promoviendo en sus acólitos ese tipo de actitudes. Sin embargo, el placer que promueve el epicureismo consiste en una ausencia de dolor y desagrado estable y duradera que permita al ser humano ser dueño de sí mismo. Se aleja por tanto de cualquier forma de atadura a los placeres carnales más allá de los relativos al goce del trato amistoso y espiritual.

Los escépticos:

“Pirrón afirma que la verdad o la falsedad no caracterizan ni nuestra percepción de las cosas ni los juicios que sobre ellas hacemos”. La principal problemática de la filosofía griega, según Long, acerca de lo qué realmente son las cosas, es puesta en cuestión por el escepticismo negando con ello “la legitimidad de la filosofía especulativa”. Los escépticos atacarán radicalmente todas las teorías del conocimiento sobre la base de nuestra incapacidad perceptiva sensorial para aprehender el mundo externo.

Esta “suspensión del juicio” respecto a la naturaleza de los objetos naturales se observa también hacia los conceptos morales: “Diógenes Laercio nos cuenta que aquél [Pirrón] ‘negaba que algo fuera moralmente un bien o un mal’, así como que la costumbre y la convención gobiernan las acciones humanas (Diógenes Laercio IX-61)” Julián Marías observa la distinción entre el escepticismo como teoría filosófica y como actitud vital siendo la primera una tesis eventualmente contradictoria cuando se aplica a sí misma. Particularmente Arcesilao y Carnéades del escepticismo académico posterior desarrollaron agudísimas técnicas para demoler cualquier tesis o argumento filosófico que se interpusiera en su camino.

Los escépticos debieron ser unos señores que darían mucho miedito a cualquier charlatán dogmático y, seguramente, no volvía a crecer la hierba allá por donde pisaban: “el escepticismo antitético de Pirrón es una respuesta alternativa para hombres insatisfechos con los valores tradicionales y con las creencias de una sociedad en estado de transición.” La actitud escéptica acaba desacreditando todo conocimiento y deriva hacia un tipo de relativismo descreído donde nada tiene sentido y desde el que no es factible una acción coherente y válida.

Los estoicos:

“Como Epicuro y otros filósofos griegos, los estoicos eran moralistas prácticos y no meramente teóricos. Ofrecían un análisis de conceptos morales; mas esto era propedéutica para mostrar por qué tales conceptos son válidos y cuál sea, de hecho, el fundamento del bienestar humano, la vida mejor que un hombre pueda llevar.”

Para Long “El estoicismo fue el movimiento más importante e influyente en la filosofía helenística” y tuvo gran repercusión en el mundo greco-romano, en los padres de la Iglesia, en el Renacimiento y en filósofos como Spinoza o Kant. Grandes pensadores como Cicerón, Séneca o Marco Aurelio son deudores y exponentes del planteamiento estoico. La idea central del estoicismo es que la naturaleza se rige por un orden racional, que puede ser explicado, en el que los sucesos se relacionan causalmente. En consecuencia con este principio, el hombre debe vivir de acuerdo con la naturaleza.

La naturaleza se rige por el principio del logos con el que se identifica. Es “lo que mantiene unido al mundo y lo que causa el crecimiento de las cosas”, es decir, un principio pasivo, la materia o lo relacionado, y un principio activo, lo que relaciona, que conservan su coherencia merced a un supremo ser racional, Dios o la Providencia, que dirige todos los acontecimientos hacia fines necesariamente buenos. Este principio activo último se relaciona con el fuego de Heráclito siguiendo el modelo del arte, como creación, como “fuego artístico”.

Estamos pues ante una teología optimista que invita a una actitud de resignación ante el determinismo de la vida: “los estoicos sostenían rigurosamente el punto de vista de que para todo cuanto sucede existen tales condiciones que, una vez dadas, nada más podría acaecer. El azar es simplemente un nombre para causas no descubiertas”. Este es el mejor de los mundos posibles y, para bien o para mal, ocurra lo que ocurra, hay que complacerse ante el hecho de que las cosas son y serán como deban ser.

Esto no significa que tengamos que abandonarnos en la dejadez o que debamos soportar impasiblemente todo infortunio, actitudes hacia las que se puede acabar derivando en contextos de crisis. En verdad, la teoría ética estoica invita a participar activamente en el mundo y, más bien, enseña a aceptar el resultado de nuestras acciones y las consecuencias de nuestros actos como una compleja causalidad que no podemos controlar, resultando, de este modo, muy liberadora.

Los cínicos:

Escuela fundada por Antístenes, un discípulo de Sócrates, cuyo mayor exponente fue Diógenes de Sínope, discípulo, a su vez, de Antístenes. Su principal tema de interés es la ética. “Para Diógenes, el hombre no necesita sino de una disciplina propia, física y mental, para realizarse cumplidamente, para vivir conforme con la Naturaleza”. Diógenes defiende un modo de vida en el que la felicidad no se vea afectada por normatividad alguna, juicios de valor o acontecimientos azarosos. Impele a un modo de vida natural que no exige nada más allá de lo imprescindiblemente básico.

Este desprecio e indiferencia ante todo convencionalismo social deriva necesariamente hacia una actitud negativa ante la vida. El cínico se abandona a un estado de mendicidad que fácilmente se adscribe a la charlatanería para poder subsistir (física o moralmente) de la “caridad” del otro. Esté tipo de actitud impúdica es común en tiempos decadentes, como el actual, llenos de afirmaciones desvergonzadamente hipócritas.

Los cirenaicos:

Si decíamos que el epicureismo podía llegar a promover una actitud hedonista de forma no intencionada, en el caso de la escuela cirenaica, fundada por Aristipo de Cirene, la búsqueda del placer sensorial es explícita. En cierto sentido Aristipo se opone a los cínicos al afirmar que el bien supremo es el placer siendo que éste no debe dominarnos a nosotros sino nosotros a él. De este modo, los cirenaicos se inscriben en la tendencia de la filosofía helenista que plantea la felicidad en términos de ataraxia, de una disposición anímica individual serena que hace al sabio libre y moralmente autárquico.

El eclecticismo:

Podríamos, como síntesis, definir la actitud ecléctica como la disposicionalidad característica de las filosofías de la decadencia. Efectivamente, mediante la mezcla de diferentes elementos se busca resolver divergencias y conflictos que, en ocasiones, no encajan en un pensamiento original. Lo vemos, por ejemplo, en el último caso. Cínicos y cirenaicos parten de principios opuestos, unos son ascetas y los otros son hedonistas, para intentar llegar a un mismo estado de apatía (que, probablemente, no logran).

Este eclecticismo, de todas formas, puede ser muy creativo como hemos visto y abierto al cosmopolitismo y, en los últimos años del helenismo, ya incorporado a la cultura romana, dio lugar a importantísimas figuras como Cicerón, Filón de Alejandría o Plutarco que realizarán la conectiva del pensamiento griego con los siguientes ciclos históricos.

En el próximo artículo continuaremos nuestro recorrido para llegar al Renacimiento histórico que será el momento en el que se anidarán las diferentes visiones del mundo, las distintas culturas influenciadas todas por el pensamiento griego, (que actúa como nexo de unión), para dar lugar a una ruptura que, a la postre, plasmará la dominancia de la ideología propiamente occidental y el comienzo de su expansión.

 

Bibliografía: 

  • Lévéque, Pierre. El mundo helenístico. Paidós, Buenos Aires, 2006
  • Long, Anthony. La filosofía helenística. Estoicos, epicúreos, escépticos. AE, Madrid, 1984
  • Marías, J. Historia de la filosofía. AE. Madrid, 2020
  • Ortega y Gasset, J. El tema de nuestro tiempo. Espasa Calpe. Madrid, 1995