Kurdistán es una nación sin estado que se sitúa en la cuádruple frontera entre Siria, Irán, Iraq y Turquía. Nacido en la guerrilla desde las montañas, el movimiento de resistencia kurdo no sólo lucha por la autodeterminación de su pueblo, si no por convertir la praxis de sus valores ideológicos en un modelo para el resto del mundo. Inspirado en el pensamiento del ecólogo anarquista Murray Bookchin, Abdullah Öcallan, líder kurdo, desarrolló un sistema llamado confederalismo democrático, buscando desmarcarse del socialismo marxista por el que habían comenzado la lucha desde el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) en 1978.
Por Violeta Martos

Tras treinta años de enfrentamientos guerrilleros por el control estatal, Öcallan, distanciándose de ideas nacionalistas y pro-estatales, propone el confederalismo democrático como modelo de autogobierno donde “la autogestión de las comunidades locales se organiza en consejos abiertos” (Öcallan, 2009 en V.A., 2015), haciendo del municipalismo, o comunalismo, uno de los pilares que sustentan el sistema kurdo. Por otro lado, el confederalismo democrático se respalda en la autogestión económica no basada en la acumulación y el beneficio capital, si no en producir lo necesario para la subsistencia comunitaria y desde un criterio ecologista. Por último, el tercer pilar fundamental del movimiento del Kurdistán, en línea con la relación entre sexismo y estatalismo, pone por bandera la liberación de la mujer.
En su libro El moviment de dones del Kurdistán, Dilar Dirik, socióloga kurda, expone la participación de las mujeres en la formación del movimiento kurdo y en los puntos clave de la política. La autora ofrece una revisión en profundidad tanto de la historia como de la ideología del Kurdistán desde una perspectiva de género, apoyándose en un tercer apartado conformado por una etnografía en que se ven reflejados los diversos espacios de participación política de las mujeres. Explica Dirik que el hevserok (modelo para-capitalista de co-liderazgo en legua kurda) comienza en Bakur a mediados de la primera década de los 2000 y hoy en día representa la forma de gobierno estandarizada en la mayoría del territorio kurdo dentro de todos los niveles organizativos.
Hay dos razones principales que apoyan el mantenimiento de la estructura de hevserok. Por un lado se encuentra la variable simbólica de ver representados ambos géneros en cargos de liderazgo, teniendo en cuenta la importancia que tiene el movimiento de liberación de la mujer desde los orígenes de la revolución. Del otro lado está la variable práctica, un sistema de hevserok obliga a la desindividuación de la autoridad aun cuando las decisiones se ven delegadas a representantes de los consejos, provocando que la responsabilidad recaiga en el consenso desde al menos dos puntos de vista distintos, disipando así el poder de la última palabra. Mientras el representante masculino es elegido mediante el sufragio universal, la candidata femenina se escoge desde los colectivos de mujeres con el fin de desafiar el estilo de política tradicional que ha representado siempre el sistema electoral. La mujer “al cargo” no solo representa la voluntad y asume las necesidades de las mujeres como individuos, si no que es colocada en su posición fruto de un previo consenso entre el colectivo representado.
Cabe destacar que el sistema del Kurdistán es un sistema basado en políticas municipalistas que pone el foco en la organización ejercida desde abajo, en las decisiones que se toman en los consejos de las comunas, antes que en decisiones más “globalizadas” que involucren territorios más extensos. En palabras de Dirik: “El carácter representatiu de la política parlamentària ofereix un espai on expressar la posició d’un mateix davant l’estat. La política municipal, però, exigeix dur les polítiques pròpies a la pràctica” (Dirik, 2015: 280). Esto significa una democratización real del poder basada en la acción, donde las necesidades populares son atendidas de primera mano. Si el poder es de todas, al final el poder no es de nadie, conformándose así un primer paso al desmantelamiento de las lógicas del atesoramiento de la potestad gubernamental que acaban reproduciendo sistemas de dominación perpetua.
Si bien los organismos oficiales de los estados-nación que controlan el territorio kurdo no legitiman el poder de las co-líderes, estas asumen la arbitrariedad de las posiciones oficiales, dándole el poder simbólico a sus interacciones cotidianas que son, al fin y al cabo, las que construyen su realidad y por las que responde su posición de liderazgo. Así lo recoge Dirik a partir de dos entrevistas a co-alcaldesas realizadas en 2015 donde se plantea la cuestión del poder hegemónico:
Mira, pot ser que l’estat no em reconegui formalment, però jo vaig pels carrers del meu districte i la gent em diu alcaldessa. Venen a mi amb els seus problemes, em veuen com a interlocutora, em demanen que els ajudi. Què diu aixó de la paraula que reconeix el nostre poble? És la de l’estat… o la meva? (Bêrîvan Elif Kiliç, co-alcadesa del distrito de Kokacöy en Amed) És igual si el sistema estatal reconeix la copresidència o no. Nosaltres no ens quedem de braços plegats esperant que ho faci. A les autoritats estatals els costa entendre per què ens és tant important firmar els documents amb dos noms. Vam lluitar per implementar la co-presidència i lluitarem perquè sigui reconeguda formalment, però sigui com sigui la implementarem. (Çağlar Demirel)
La legitimación del poder está en manos de quien lo ejerza. Mientras el estado aplique su poder anulando simbólicamente el poder de las líderes kurdas, estas responderán ejerciendo su poder en la práctica del día a día y ganándose la legitimación de los colectivos en los que participan y a los que representan. Se forma un acuerdo tácito, una contra-hegemonía que desmonta la hegemonía estatal y patriarcal desde la acción colectiva.
La correlación entre la dominación hegemónica del Hombre y del estado se ve cristalizada en los obstáculos a los que se enfrenta el movimiento del Kurdistán. Ambos poderes actúan mano a mano por el mantenimiento de un orden social que les garantiza la autoridad absoluta. Por ello, la respuesta de las revolucionarias kurdas no puede darse por separado, atendiendo una opresión a la vez, si no que toma forma a través de una premeditada lucha que busca implantar nuevos modelos como armas de doble filo. Çağlar Demirel, continua su entrevista mostrando esta doble responsabilidad de la siguiente manera:
La gent s’ha vist obligada a acostumar-se a una sola manera de fer política: l’assedegada de poder, masculina, nacionalista i centralista. Les decisions que es prenen als municipis poden ser anul·lades per ordres d’Ankara. Per fer política d’una altra manera, hem de deixar enrere aquest estil sexista i desenvolupar un plantejament polític basat en l’intercanvi, la mutualitat i l’autonomia.
Donde se plantea una respuesta contundente no hay cabida para las filtraciones hegemónicas. No con esto quiero afirmar que no se den casos de masculinidades “deconstruidas” o políticas blandas, pues estaría cayendo en la romanización de un contexto del cual todavía no manejo la suficiente información para hacer afirmaciones de este tipo. Sin embargo, lo que puedo observar a través de la etnografía de Dirik es un movimiento cuya faceta principal es la anarquía-feminista como respuesta directa hacía el estado-machista. El movimiento revolucionario del Kurdistán no sólo plantea respuestas de acción directa atendiendo el problema de raíz, si no que además promueve una respuesta colectiva. Dejando así en evidencia el aparente desafío que intenta suponer la deconstrucción de la masculinidad hegemónica desde el trabajo individual de los hombres. La fórmula se alza bien sencilla: el empoderamiento femenino derroca el autoritarismo masculino, la acción pluralista derroca el poder centralizado, el consenso derroca la dominación.
La transformación de la masculinidad necesita ser un proceso colectivo, apoyándose en políticas de empoderamiento femenino. Ante un problema de monopolio del poder no pueden buscarse soluciones aislantes que sigan operando desde las lógicas del Uno, hay que poner la mira en la descentralización del poder. El movimiento revolucionario del Kurdistán en esto nos da ejemplos muy claros, han desdibujado la ficticia línea divisoria entre patriarcado y estado atendiendo ambos problemas a la vez. Las revolucionarias kurdas buscan tejer colectivamente una historia que las represente cuando la historia hegemónica lleva años intentando hacerlas desaparecer de las formas más crueles.
No puede plantearse la desaparición de la opresión cuando el opresor siga ostentando ni un ápice de autoridad. Hablar de deconstrucción de la masculinidad es quedarse en una superficie totalmente controlada por las lógicas del sistema patriarcal. Al final esta se trata de una deconstrucción a nivel de identidades hegemónicas no de poderes, el neo-hombre sigue en posesión de sus privilegios frente las demás personas no-hegemónicas mientras el sistema sigue proliferando en su beneficio. Debemos plantear, pues, la destrucción, no de la masculinidad hegemónica (únicamente), si no de las estructuras que favorecen su existencia. Las mismas estructuras que cristalizan la vigencia del sistema estatal, como hemos visto repetidamente a lo largo del trabajo.
Debemos plantear soluciones que nazcan desde la colectividad, desde el sabernos sujetos colectivos, y que pongan en entredicho los mecanismos-base del sistema. El poder del Hombre no recae en su habitus masculino, si no en la posibilidad de un monopolio de poder en sí. Pasa por una estructura que coloca un centro con derechos y deberes sobre las demás personas a su alrededor. Esta estructura aparece representada a nivel macro en las formas de administración gubernamental, pero también a nivel micro en la administración familiar. Llámalo jefe de estado o pater-familia, aquel que ocupa la posición central es mutable por lo tanto jamás puede conformar el problema. El verdadero problema son las piezas que construyen el pedestal de la dominación a partir de pequeñas (y grandes) acciones que se reproducen pero que son, por lo tanto, localizables y rebatibles. El caso del hevserok es un buen ejemplo de una de estas praxis, esta es, el sistema parlamentario de gobierno, que perpetúa las lógicas del orden social (patriarcal, capitalista, etc.) siendo anulada desde la acción colectiva y generando entonces un cambio de paradigma, una distensión del poder.
Si la hegemonía patriarcal y estatal se construye a partir de acciones institucionalizadas y socialmente asimiladas, una contra-hegemonía debe responder desde la acción directa y la construcción de alternativas en la práctica.
Bibliografía:
- Dirik, D (2023). El Moviment de dones del Kurdistan historia, teoria i práctica. Tigre de Paper Edicions.
- V. A. (2015). La revolución ignorada. Liberación de la mujer, democracia directa y pluralismo radical en Oriente Medio. Editorial Descontrol.


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