Tiempos Modernos

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El individuo es un producto de la modernidad. Existe como elemento encarnador y coagulante de la sociedad a la vez que se opone a esta.

Por Violeta Martos

 

La sociedad se concibe como entidad engendradora de los individuos pluralmente separados y fácilmente delimitables dentro de las fronteras que existen siempre por oposición abstracta; un sistema de binarismo constitutivo que parte de la división primaria de naturaleza y cultura, esto es, la génesis de la ontología moderna. Las dicotomías sobre las que se construye el agente moderno (cuya unidad, como se ha dicho, participa en sí de una dicotomía contra su madre-sociedad) son elementos homogeneizadores que excluyen cualquier tipo de hybris o third-wheel. Es por eso por lo que se torna imprescindible dirigir la mirada hacia los engranajes de la modernidad para comprenderla y, de alguna manera, desafiarla.

Un individuo es esencialmente moderno porque está construido de temporalidad. Viveiros de Castro propone que el pensamiento moderno se crea alrededor del concepto del tiempo. Nosotros, vistiendo nuestra mejor corbata marxista, podemos estar de acuerdo si recordamos que es el tiempo ejercido en el trabajo socialmente necesario lo que determina la magnitud del valor de la mercancía sobre la que es abocada este trabajo. Para Marx, el centro puede ser el trabajo en sí, pero lo que otorga valor no es otra cosa que el tiempo, la manipulación del cual conduce a la plusvalía y por lo tanto al capitalismo.

Aflojémonos el cuello de la camisa un poco ahora y volvamos la mirada al individuo. Este es un ser hermético, dentro de sus paredes no encierra otra cosa que una línea temporal, una historia regida por una cronología lineal. A partir de esta, el individuo puede relacionarse con otros que se encuentran en su misma situación, intercambian y entrelazan cronologías encerrados en los muros de una sociedad que se vive y se concibe a partir de la Historia contada con las palabras del tiempo.

Sin embargo, sugiero dar una vuelta de tuerca al asunto. ¿Qué pasa cuando abrimos grietas en el individuo? Si desviamos la atención de los individuos a sus relaciones, esta se dispersa. La solidez individual cede, se funde dejando tras de sí individuos (o dividuos en boca de Strathern) desposeídos de su enteridad, porosos, preparados para ser concebidos desde la mirada de una lógica relacional. Cuando la relación por oposición-complementaria construye a los dividuos, el valor del tiempo se deshace. La continuidad imparable a partir de la cual concebimos el tiempo desde la ontología moderna se torna impensable cuando ponemos la relación como eje central del ser. Esta relación-por-oposición no debe ser confundida con las lógicas dicotómicas de la ontología moderna, pues estas se basan puramente en el otro-abstracto, una alteridad modelo construida para dirigir el pensamiento moderno; mientras tanto, la oposición-complementaria se construye de relaciones personales entre entes existentes que generan lo que Haraway apoda “otredades significativas”. Las relaciones obligan al individuo a romperse imposibilitando la contención de una temporalidad única, continuada y lineal. El actor se transforma en un actor-red, condenado a ser siempre incompleto, a depender del otro para existir siempre en cuanto a.

Este en cuanto a es la red, la relación múltiple que cnstituye, precede, la ontología relacional. Como hemos visto, la existencia relacional es plural y por lo tanto intermitente, la única continuidad que se genera es la de la red en sí, entonces la red se torna un espacio de coexistencia. Una ontología premoderna (que diría Latour) se construye, pues, alrededor del concepto espacio. Espacio, no como escenario a la manera en que lo concebimos desde un pensamiento moderno, si no como base conceptual sobre la que se asientan la construcción y representación de la ontología dividual. El tiempo devaluado aparece ahora como un presente perpetuo, siendo los encuentros que suceden entre dividuos los que organizan las partes del todo. Se trata, entonces, de un mundo en constante-contrucción-colectiva donde no hay cabida para la normalización y por ende la dominación del estado (en el doble sentido de la palabra), dando pie a renovación de relatos y actores que se generan unos a otros en su hibridación que se hace y se deshace constitutivamente sostenidos por el espacio-red que los genera.

 

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