Weil: “Todo partido político es totalitario”

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En este artículo vamos a introducirnos en el pensamiento de Simone Weil a partir del controvertido texto “Contra los partidos políticos”. Trataremos de defender la vigencia de sus ideas y aclarar el sesgo que nos impide interpretarlas en toda su genuidad.

 

La filosofía de Weil gira en torno a tres grandes temas: el Bien, la Justicia y la Verdad. En el mencionado librito se afrontan estas cuestiones en relación a los partidos políticos concluyendo que en éstos no se cumplen ninguno de esos preceptos: “La existencia de los partidos es absolutamente, incondicionalmente, un mal”.

Comienza situando el origen de los partidos, primero, en el mundo anglosajon, con un matiz aristocrático y, más tarde, en la Revolución de 1789 y el Club de los Jacobinos. Las luchas por el poder convirtieron un espacio en el que se podía hablar con libertad en un partido totalitario impulsor de un régimen de terror. Esta condición de origen es ya significativa acerca de la malignidad de las facciones políticas.

El Bien, la Justicia y la Verdad están correlacionados. O se dan todos o no se dan. Es decir, no puede haber justicia sólo para unos; o el bienestar de unos pocos no puede sostenerse sobre la opresión de la mayoría; y la verdad es para todos, “sólo puede ser una”. Estos elementos tienen un sentido público, comunitario.

Weil está afirmando que la democracia no es un fin en sí mismo sino instrumento del sentido común. La democracia es buena si establece en el pueblo un estado de equilibrio conforme a la justicia, alejado de la pasión colectiva o divergente (lo que hoy llamamos polarización) y si expresa la voluntad general. Tal situación se dió muy al comienzo de 1789 y, pronto, las facciones se lo cargaron.

Por este motivo Weil defiende que no hay tal democracia porque no hay un estado de equilibrio mental afín a una voluntad general justa. Podríamos decir que lo que hay es una apariencia de democracia, una democracia “formal” (cada vez menos) fundamentada en la mentira de hacernos creer que somos libres en cuanto delegamos nuestra voluntad en los partidos que nos representan. La existencia de los partidos queda intrínsecamente unida a una democracia considerada como fin en sí mismo. El partido político es consustancial a la democracia. Pero, no hay democracia y la causa de que no haya democracia son los partidos políticos. Por tanto, la única solución es erradicarlos como un mal absoluto. La gran controversia deviene en la siguiente asociación: partidos=democracia y su reverso=dictadura. Pero esto es falso por tres razones.

La primera es que los partidos son máquinas de crear pasión colectiva. Esto es más que evidente en nuestros días. Simone Weil era coetanea del ascenso del nazismo y pone el ejemplo del acceso democrático de Hitler. El segundo motivo es por la presión que ejercen sobre el pensamiento individual. El partido debe “domesticar a sus miembros” que pierden su criterio personal para servir a la doctrina del partido. Cualquier disidencia es coaptada o cancelada. El tercer motivo es que la única finalidad del partido es su propio crecimiento.

En este tercer punto nos alerta sobre la trampa de la idea de la necesidad de acceder al Poder para cambiar las cosas. Los partidos hacen una inversión maquiavélica de la relación del fin con los medios. El instrumento para acceder al poder se convierte en un fin en sí mismo y los partidos aspiran a crecer ilimitadamente con cada vez más cargos públicos y cargos electos… ese criterio falseado del Bien (entendido como dadme el Poder para hacer el Bien) lleva a la propaganda y a la pasión colectiva.

Weil describe la dinámica de funcionamiento interno y externo de los partidos como entes malignos con existencia propia, casi autónoma. Es una crítica acertada pero olvida que los partidos sirven a unos intereses fácticos nada democráticos, amén de muy ajenos al bien común, la justicia o la verdad. Se trata de una estructura de poder económico-militar aparentemente invisible pero fácilmente identificable. De este modo, en aquello lugares donde esa estructura está muy asentada y segura se abre la mano a una cierta ligereza “democrática” y de “derechos civiles”. En territorios donde esta estructura es más inestable (básicamente porque hay conflicto entre ellos) el marco de la democracia es más cerrado. En conclusión, Simone Weil afirma que “la supresión de los partidos sería un bien casi puro”.

Para comprender mejor esta conclusión debemos tener en cuenta cómo nuestra filósofa contempla al ser humano concreto. Simone Weil no promueve una individualidad separada, personal. Por el contrario, el ser humano es sagrado y lo sagrado, así como la perfección, es algo impersonal. “Lo personal se opone a lo impersonal”. El Bien es lo sagrado que anida en la profundidad del ser humano, es un grito silencioso que anhela expresarse en el mundo en forma de justicia. Idolatría es atribuir lo sagrado sólo a lo colectivo o sólo a lo personal. Hay un pasaje de lo personal a lo colectivo a través de la atención que lleva a un pensamiento lúcido, a un estado de conciencia del bien, que conduce a la responsabilidad para con el colectivo. Simone Weil hace una llamada hacia el carácter sagrado de los seres humanos.

Pero, a la vez, no se puede lograr este estado de espíritu elevado de forma individual sino que hay que construir espacios de libertad, “un grado de libre disposición del tiempo” y la “posibilidad para el pasaje a grados de atención más elevados”. En definitiva, el “rito de paso” de lo personal a lo colectivo es simultáneo a la transformación social. En ese sentido “el trabajo físico es un crimen contra lo sagrado”. El trabajo digno (humano) no es regateo por una mejora salarial sino ALZAMIENTO del ser entero contra la mayor injusticia, “grito de esperanza salido del fondo del corazón”. El trabajo es función social para el bienestar colectivo, no chantaje para pervivir de cualquier manera. Erradicar el trabajo físico (mediante procesos de automatización robótica, por ejemplo) sería un gran avance en la liberación del ser humano.

Esta mirada espiritual ayuda a entender mejor la crítica a los partidos así como la idea de que una verdadera democracia sólo será posible cuando sean erradicados. La mística weiliana propone un salto de conciencia del yo hacia el nosotros; hacia un “nosotros” perfecta y simplemente organizados, desde la misma base social, a partir de unos valores que interiorizan la sacralidad del bien común haciendo efectiva esa propuesta “desde el pueblo y para el pueblo”.

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