El poema de Parménides: el comienzo del pensamiento sustantivado (II)

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En el artículo anterior indagamos brevemente en el nacimiento de lo que podríamos llamar la “cultura occidental” que hoy, más o menos, es imperante en el mundo en que vivimos. Describimos el surgimiento de la civilización griega que consideramos el sustrato cognitivo sobre el que sustentamos nuestra propia forma de ver y sentir el mundo.

 

Obviamente todo evoluciona en esta vida y hemos de cuidarnos de no malinterpretar elementos históricos proyectando nuestras propias categorías mentales sin tener en cuenta esa idea de proceso. Es el caso del surgimiento del pensamiento razonado que, decíamos, apareció entramado con la visión “mítica” del mundo. No podemos imaginar que emerge el logos como algo ya configurado, como una forma mental, similar a la nuestra. Más bien, intentamos entrever en ese hecho una arqueología del pensamiento discursivo que ha tenido, necesariamente, un desarrollo evolutivo hasta la actualidad.

Por otro lado, tampoco podemos aceptar la ingenuidad escolar que explica que el mito dio paso al logos. Más bien diríamos que una forma de pensar mitológica fue dando lugar a otra forma de pensar razonada, es decir, a un tipo de pensamiento sobre supuestos observables y analogías teóricas que dependían de la propia capacidad humana para crear conceptos, para dar significados a las cosas. Además, creer que sobre la visión actual del mundo no operan multitud de mitos, sacralizados o no, o lo que es lo mismo, que el pensamiento mítico dejó de ser operativo en algún momento, es muy poco “razonable”. Sobre este tema recomendamos ver el video de Silo: El gran mito del dinero.

En el albor de la filosofía, Parménides de Elea marcó el comienzo de la tradición metafísica hasta el siglo XX. Poco se sabe de su vida. Parece haber nacido en el seno de una familia acaudalada y haber participado en el gobierno de su ciudad. Platón en el dialogo Parménides lo describe como anciano de “aspecto noble y bello”. Escribió una sola obra de la que sólo nos han llegado algunos fragmentos citados por varios autores. Se trata del poema Sobre la naturaleza que está dividido en tres partes: Proemio, Vía de la Verdad y Vía de la Apariencia. Analicemos algunos fragmentos:

Proemio

“Las yeguas, que me conducen tan lejos como mi ánimo alcance, me llevaban a toda prisa, cuando me trajeron y situaron sobre la muy afamada vía del dios [sc. el Sol], que guía al hombre de conocimientos por sobre todas las ciudades. Por este camino he sido conducido”

“Ya que por él las sabias yeguas me llevaban, tirando velozmente del carro, mientras las doncellas mostraban el camino. Y el eje brillante, en sus bujes, hacía cantar los cubos, presionado, a cada lado, por los discos giratorios, mientras las hijas del sol, tras abandonar la morada de la Noche, se apresuraban a conducirme hacia la luz, echándose hacia atrás los velos de las cabeza con sus manos”

“Allí se encuentran las puertas de los caminos de la Noche y del Día, colocadas entre un dintel y un umbral de piedra. Las mismas, en lo alto del cielo, están cerradas por grandes hojas, cuyas llaves de doble uso guarda la Justicia vengadora. Las doncellas, hablándole con suaves palabras, la convencieron hábilmente, para que, sin tardanza, retirara de las puertas la barra reforzada. Las puertas se abrieron y dejaron al descubierto el amplio espacio entre sus hijas, haciendo girar alternativamente en sus cubos los ejes recubiertos de bronce, provistos de clavos y remaches. Rectamente, a través de ellas, las doncellas condujeron el carro y los caballos por el ancho camino de carros”.

“Y la diosa me recibió con benevolencia, tomó mi mano derecha entre las suyas y se dirigió a mí con estas palabras: “Joven, que vienes a mi morada acompañado por inmortales aurigas, con las yeguas que te traen, te doy la bienvenida. No es ningún hado -Moira- funesto el que te ha impulsado a viajar por este camino -tan apartado, en verdad, del sendero de los hombres-, sino el Derecho y la Justicia (Thémis y Díke). Te es conveniente conocer todas las cosas, tanto el corazón imperturbable de la verdad perfectamente redonda, como las opiniones de los mortales, en las que no hay fe verdadera. Pero deberás aprender también estas cosas, es decir, lo que parece que tuviera que existir con seguridad, que, realmente es todo” (Guthrie, 1993)

Como se puede apreciar, esta introducción relata en lenguaje poético y mitológico el viaje de Parménides por el camino de la sabiduría a través de dos espacios de luz y oscuridad alegorizados en la contraposición del Día y la Noche. Parménides es un elegido por las diosas para conocer la verdad y así distinguirla de lo que es opinión. Hay varias metáforas que hacen alusión al tema de la aletheia, en referencia a las doncellas que muestran el camino para abandonar la morada de la Noche echándose los velos hacia atrás, es decir, des-velando la verdad.

Para Guthrie los elementos míticos del proemio son tradicionales y tomados en préstamo de Homero y Hesíodo pero no podemos dejar de pensar que si Parménides tira de los recursos de lenguaje epocales que, además, les son necesarios para llegar a su público, también reflejan una genuina experiencia religiosa que no puede expresar en otros términos. Es el éxtasis de la creación. Podemos tratar de ubicar el impacto psíquico, emocional, que debió suponer un descubrimiento de tal magnitud: ¡Parménides será el primero en postular el conocimiento de lo que realmente es todo! ¿Cómo transmitir una experiencia mística de tal calibre sino mediante un lenguaje onírico y alegórico? (“[Parménides] consideró la búsqueda de la verdad como algo semejante a la experiencia de los místicos, y escribió sobre ella con símbolos tomados de la religión, porque sintió que se trataba, en realidad, de una actividad religiosa”. Guthrie, 1993)

El proemio contiene todos los elementos de un camino de ascenso hacia la iluminación: La contraposición de espacios como el estrato de conocimiento y el estrato de la ignorancia; las conectivas que lo conducen en su propósito y; las resistencias, las dificultades que debe superar para cruzar el umbral del conocimiento con ayuda de las doncellas intermediarias y acceder al protegido centro de poder (morada) de la diosa que confirma el objeto del viaje diluyendo o superando así todas sus dudas y temores.

Vía de la Verdad

(Fr. 2) “Pues bien, ahora yo te diré (y recuerda tú mi palabra cuando la hayas escuchado) cuáles son las únicas vías de investigación en las que pueden pensarse. La primera, que es y que es imposible que no sea, es el camino de la Persuasión (ya que sigue a la Verdad). La otra, que no es y que necesariamente tiene que no ser, ésta, te lo aseguro, es una vía completamente impracticable, ya que nadie puede conocer lo que no es -ello es imposible ni expresarlo”

(Fr. 3) “Pues lo mismo es lo que puede pensarse y lo que puede ser”

(Fr. 6) “Aquello sobre lo que se puede hablar y pensar tiene que ser (existir), ya que le es posible ser, pero es imposible que la nada sea. Te ordeno que consideres esto, ya que ésta es la primera vía (falsa) de investigación de la que (te aparto)”

(Fr. 8) “Sólo una vía queda de que hablar, a saber, que “Es”. En esta vía hay signos abundantes de que (lo que es), puesto que existe, es inengendrado e imperecedero, total, único, inmóvil (e inmutable) y sin fin. No fue en el pasado, ni deberá ser aún, puesto que ahora es, todo a la vez, uno y continuo”.

“Pues, ¿qué origen le buscarías? ¿Cómo y de dónde habría nacido? No te permitiré decir, ni pensar “de lo que no es”, ya que no puede decirse ni pensarse que “no es”. ¿Y qué necesidad le habría impulsado a nacer antes o después, proviniendo de la nada? Así, tiene que o bien ser plenamente, o no ser en modo alguno”

“Tampoco la fuerza de la convicción permitirá admitir que de lo que no es se origine algo fuera de sí mismo. Por eso, la Justicia no afloja sus cadenas, no permite que se origine o perezca, sino que lo mantiene sujeto. El juicio sobre esto radica aquí: ¿es o no es? Pero este juicio se ha adoptado ya, como tenía que ser, de que debería abandonarse una vía como impensable e inexpresable, ya que no es la vía verdadera, y de que la otra existe y es real. ¿Cómo podría perecer luego lo que es? ¿Y cómo podría llegar a ser? Ya que, si llegó a ser, no es, ni tampoco, si tiene que ser en algún momento futuro. Así, pues, el devenir queda extinguido y el perecer ignorado.”

Lo primero que llama la atención en esta parte del poema es el cambio de estilo. Del lenguaje poético se ha pasado a un lenguaje al que podríamos denominar “prosa filosófica”. No es para menos. El logos se manifiesta en todo su esplendor y el eleata necesita afinar sus recursos expresivos mediante un tipo de reflexión más complejo, cercano al pensamiento lógico que nos puede parecer un tanto tautológico como decir “lo que es, es, y lo que no es, no es”. Se trata, en todo caso, de una descripción de superior rango que la de sus predecesores y que ya no se pregunta por el origen de lo que hay sino por la esencia de lo que “Es”. La filosofía pasa de ser física a metafísica y este salto cualitativo dejará una definitiva impronta en el pensamiento teorético de las futuras generaciones.

En resumen, Parménides afirma que, desde el punto de vista de la verdad, o sea, de lo que las cosas son, hay dos posibilidades. Una es impracticable y es el hecho de que las cosas no sean y, por lo tanto tampoco puedan expresarse (la vía del no-es). La otra es la de la Persuasión, que viene detrás de la verdad, donde lo que puede pensarse y expresarse es lo mismo que lo que puede ser (la vía del es). Tenemos aquí la vinculación entre la mente (nous) y el ente (to on) cuyos atributos son siempre presentes al pensamiento, sin multiplicidad alguna, sin huecos de no-ser. El ente es un continuo homogéneo y único, indivisible y, por esa razón, no puede haber sido engendrado y no puede perecer.

Lo que nos interesa resaltar en este punto es algo que podríamos denominar el prejuicio del pensamiento estático o del pensamiento sustantivado. Parménides trata de ir a la raíz del problema del movimiento, del cambio, y plantea que, para el pensamiento puro, este problema no es tal porque el ser está determinado por unos atributos que se sintetizan en la fórmula “lo que es, es” o sea, se plantea la consistencia de algo en sí misma y esa consistencia en sí misma, el hecho de que algo consista en ser algo (consistir en consistir) no puede cambiar, no puede ser de otra forma. Sólo cabe “ser”. Entonces, el cambio no se puede explicar por la vía del ser sino por la tercera vía que veremos en el siguiente epígrafe.

La cuestión es que esa distinción entre una facultad intelectiva (llámese pensamiento, psique, alma, razón…) y un ser de las cosas (llámese ente, concepto, esencia…) enfatiza en un tipo de mirada “sustantivadora” de la realidad que hace difícil introducir la noción de proceso. De este modo, la filosofía posterior aceptó la premisa de Parménides generando el problema del dualismo ontológico que arrastrará la relación entre la esencia y la existencia y se enfrascará en tratar de demostrar el movimiento desde una mirada estática. Platón y Aristóteles asumieron esta forma de razón e inauguraron las dos grandes tendencias filosóficas que han acompañado a la historia occidental. El jorismós de Platón escindió lo real al mundo inteligible de las Ideas de las que los entes del mundo sensible son meras copias. La influencia de Platón se deja ver en las corrientes idealistas que vienen a decir que la verdad está en lo mental al que el mundo físico debe adecuarse. Su discípulo, Aristóteles, hizo de las ideas platónicas conceptos inmanentes a los objetos del mundo sensible dando lugar a las corrientes empiristas que preconizarán la esencia en las cosas y esto determinará la consideración de lo que podemos llamar real.

Es así que este “pensamiento estático”, que esta forma de concebir la realidad, da lugar, necesariamente, a una concepción sustantivada del ser humano. Descartes dirá: Je suis une chose qui pense y Hume que el alma es un “haz de sensaciones”. Estamos afirmando la herencia griega de un tipo de mirada determinista atrapada en la autoconcepción como objeto, una mirada cosificadora que se proyecta en todo el quehacer humano como sensibilidad de trasfondo, y que constituye el germen de toda forma de violencia (entendiendo que toda cosificación es violencia en tanto niega, total o parcialmente, la subjetividad, la intencionalidad o la libertad del otro… o de uno mismo).

Heidegger, en el siglo XX, se da cuenta de que para deconstruir la metafísica tiene que atenerse a los pensadores de inicio (Heidegger, 2005) poniendo en cuestión la premisa aludida (como prejuicio de pensamiento estático) que atribuirá al campo de lo óntico, es decir, del ser visto desde afuera. El filósofo alemán constata la diferencia entre el “ser” y el “ente” y el hecho de que el pensamiento posterior a Parménides se había “olvidado del ser” al desconsiderarse dicha “diferencia ontológica”. La ontología, de este modo, resultará una reflexión o ámbito sobre la posibilidad de existencia del ser en un horizonte temporal y espacial diferenciado de cómo se nos presentan los objetos o entes físicos estudiados por las ciencias.

Heidegger afrontará la ontología a partir de la analítica existencial del Dasein que tiene en cuenta al ser que pregunta (el ser humano), que no es un ente aislado sino que está necesariamente en relación con el mundo que aprehende (es un ser-ahí). De este modo estaría contraponiendo a esa mirada estática, cosificadora, una perspectiva dinámica, desde adentro, caracterizada por su apertura e historicidad. Pero, a nuestros efectos, nos interesa anotar cómo esta refutación a toda la tradición metafísica viene dada por un señor que abrazó alegremente los postulados del nazismo y que no dudó en traicionar a su propio maestro, Edmund Husserl, que era judío, para quedarse con su cátedra. La naturalidad con que se asume en el siglo XX tamaña contradicción contrasta con el enorme conflicto que supondría en la Grecia antigua porque choca con una dimensión ética y estética que se ha modificado en gran medida.

Recordemos que, en el paradigma ético griego predominaba una coherencia de principios fundamentada en la virtud, en la nobleza… en la areté. Es decir, que su perspectiva del mundo personal y social estaba limitada por una categorización mimética de la realidad en la que ir contra la armonia del cosmos era alejarse de la areté y, por tanto, entrar de lleno en el campo de la maldad, de lo dañino, de lo perjudicial. En otro artículo, de esta serie, veremos cómo en el Renacimiento histórico se produce una ruptura definitiva con este paradigma griego cuando entra en juego la libertad subjetiva del individuo. Veremos cómo en la medida que los sujetos comienzan a darse sus propias normas, y a actuar en consecuencia a ellas, se produce la emergencia de una nueva categorización moral que colisionará con la tradición anterior surgida del mundo heleno.

La Vía de la Apariencia

(Fr. 8, 50-61.) Aquí abandono el discurso y pensamiento fidedignos acerca de la verdad. A partir de aquí, aprende las opiniones de los mortales, escuchando el orden engañoso de mis palabras. Ellos decidieron dar nombre a dos formas (54), de las cuales no es adecuado nombrar una (en esto es en lo que se han extraviado), y las han juzgado opuestas en la figura y les han asignado señales [o signos] a cada una de ellas independientemente: por una parte, el etéreo fuego de la llama, muy raro y ligero, idéntico a sí mismo por doquier, pero distinto de lo otro; y, además, aquello distinto, lo totalmente opuesto, la ciega noche, de conformación densa y pesada. Este orden total [cósmico], de apariencia verosímil, te describo, para que ningún parecer humano pueda jamás aventajarte.

Parménides abandona el eje central de su pensamiento y su discurso se oscurece. El error de los mortales es asignar el ser a las cosas generando la apariencia engañosa de lo opuesto. Sus discípulos, particularmente Zenón de Elea, se esforzarán por hacer posible el movimiento partiendo de la inmutabilidad del ser del nous frente a la verosimilitud que nos muestran los sentidos. Esta vía de la opinión es un camino falso pero coherente con el pensamiento estático. Si hay una esencia inmutable resulta muy problemático (por no decir imposible) explicar cómo pueden cambiar las cosas.

De este modo, Parménides inaugura la paradoja entre verdad y apariencia que será el nudo central del pensamiento griego y de la tradición metafísica hasta nuestros días. Una paradoja que, con el advenimiento de la revolución digital, se ha tornado sumamente difícil y compleja.

 

Bibliografía

  • Heidegger, M. Parménides. Akal, Madrid, 2005
  • W. K. C. Guthrie. Historia de la Filosofía griega. Ed. Gredos. Madrid, 1993

Siguiente artículo:

El Helenismo: la configuración de las actitudes de decadencia (III)

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