La evaporación del ser

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Toda la filosofía jónica es el progreso en este pensar de la materia que podríamos
formular así: dado el problema del ser sensible o cósmico, hallar éste –o de otro modo-
dado el problema del ser sensible, hallar el principio del ser sensible o cósmico.

 

Uno tras otro ensayan los filósofos de las colonias cosas cada vez más amplias, más sutiles que puedan servir como suficiente principio del ser. Porque ocurría que aquella cosa- principio encargada de explicar las cosas-problema, los fenómenos, necesitaba a su vez ser explicada, porque era también cosa y toda cosa es problema. Ahora bien, principio es justamente aquello que ya no es problema. Ahora bien, principio es justamente aquello que ya no es problema. Un problema no estará explicado de manera bastante mientras no lleguemos a un principio exento por completo de caracteres problemáticos. Hasta tanto no puede el razonamiento descansar.

Por otra parte, los pitagóricos ensayaban los elementos de la matemática: los números y sus relaciones aparecieron como un mundo de cosas “sui generis” que no eran sensibles. Los eléatas en fin, buscando una cosa tan pura, tan sutil y tan clara que pudiera servir de principio del ser sensible toparon con los pensamientos, extraños objetos que se caracterizaban por cualidades contradictorias de las sensibles.

Como ven ustedes no sólo se trata de un progreso en la solución –sino mayormente de un progreso en el problema mismo. Todas esas nuevas clases de cosas trascienden del problema del ser sensible, de modo que junto a éste nacieron el problema del ser insensible, como los números; del ser idéntico, como el pensamiento; del ser mudanza y fluencia, como el movimiento de las cosas, según Heráclito. Cada uno de estos términos merecería nuestra más profunda atención, cada uno representa una peripecia clásica de la cultura humana, una posada de gloria y tragedia de la humanidad autodidacta, a quien nadie revela nada, sino que por propio esfuerzo genial y cruel va saliendo de lo oscuro a lo claro.

El caso de Heráclito, por ejemplo, es verdaderamente espantable. Figúrense ustedes que no hallando cosa ninguna apta para ser principio comprendió que la razón estaba en que ninguna cosa era en realidad una cosa. El río en que hace un momento nos bañamos, es ahora ya otro y aquél ya no es. Toda cosa es y no es; tanto es, cuanto no es –le es tan esencial el ser como el no ser. La noche es el no-ser del día, como el día es el no-ser de la noche. Gracias a la muerte de la noche nace floreciente el día. El verdadero ser tiene, pues, que ampliarse tanto –fíjense ustedes en la espantable aventura- que comprenda en si el no-ser. Hace falta a Heráclito el ser del no-ser. Y lo encuentra en el advenir o devenir.

Pasando sin detenernos junto a Demócrito, el hombre de Abdera, tal vez después de Platón la figura más grande en la historia de la filosofía, lleguémonos a un tropel de gentes nuevas que avanzan disputando en largas oraciones. Son los sofistas, y el máximo, Protágoras.

En la lista de problemas independientes introducen los sofistas uno nuevo, de incalculables proporciones: lo humano. Aparte de los fenómenos físicos, surgen como costas de nuevo continente los hechos de las leyes, de las costumbres, de las religiones.

El hombre, medida de todas las cosas.

Ser es ser medido, resultado de medición. La medición da el ser –la medida es el ser.

Pero tenemos que saber qué es la medida –el hombre es la medida, el metro. Y como ser = medida, el hombre no es algo particular que luego resulta metro, sino que nace como medida de las cosas; no es otra cosa que medida de las cosas.

Correlación de sujeto a objeto. Las cosas no son cosas sino objetos para un sujeto.

Pero el sujeto no es tampoco una cosa, es también puramente un objeto de correlación, es taxativamente aquello para quien es un objeto. El hombre, es decir, por lo pronto Yo, medida de las cosas. Esto que ahora es, es calor porque para mi es calor. Yo soy el que ahora siente ese calor. No es extraño que fuera un periodista, es decir, siempre un pocosofista, qui en mandara a paseo a los termómetros.

Pero el ser depende de lo que yo sea. Y resulta que yo dependo a mi vez del objeto que por sí mismo no es nada.

No es, pues, el hombre un principio, es a su vez un problema. Es falso que el hombre tal y como va por las calles sea medida del ser. Es tan medido como medida. Diferencia de los sujetos. Diferencias del mismo sujeto –el yo atomizado. La frase de Protágoras no funda el ser: a ambos lados hallamos no-ser –no damos pies. La evaporación del ser

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