No es una guerra contra el terrorismo

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Los sistemas de poder se preocupan mucho por elaborar narrativas que faciliten la opresión a los conjuntos humanos. Las técnicas de manipulación mediática funcionan sobre la base de un relato, construido por la facción poderosa, que se asume como verdad objetiva e incuestionable para la opinión pública. En general, estos discursos tienden al uso de eufemismos, falsedades y tergiversaciones con la intención de provocar miedo o enojo en la gente e inducirles comportamientos irreflexivos contrarios a su propio interés o que deshumanicen al supuesto «culpable» de todas las amenazas que señalan.

Si observamos la dinámica de la relación entre Israel y Palestina desde el siglo XIX podemos comprobar fácilmente que lo que realmente está ocurriendo en la llamada «guerra entre Israel y Hamás» es la culminación de un proceso de ocupación y genocidio por parte del estado israelí sobre el pueblo palestino.

Si nuestro talante fuera conspiranoide podríamos comenzar albergando sospechas acerca de la facilidad con que los atacantes de Hamás burlaron las defensas israelíes y de cómo una acción de tamaña envergadura pudo pasar desapercibida para los servicios secretos de ese país. Podríamos suscitar la idea de la clásica estrategia de «auto-ataque», es decir, de cuando un país promueve o no evita un acto terrorista para utilizar esa agresión como excusa para llevar adelante sus verdaderos propósitos en nombre del «derecho de defensa» y cosas por el estilo.

Nosotros somos de la opinión de que ese punto de vista es simplista y atribuye demasiada inteligencia a los responsables de los acontecimientos. Todo lo contrario. Seguramente los hechos son bastante más complicados. El objetivo de Israel, desde su origen, ha sido la supresión del territorio palestino y, en la medida de lo posible, la aniquilación y la expulsión de toda su población. Además ha contado, desde el principio, con el apoyo de Estados Unidos y el beneplácito de la comunidad internacional. Para el pueblo palestino nunca ha existido la legislación de la Corte Penal Internacional ni las resoluciones de la ONU por mucho que hayan intentado denunciar las tropelías que el estado de Israel ha llevado a cabo sobre su población civil.

Entonces, es fácil pensar que, más bien, el propio entramado del conflicto, que cada vez se va haciendo más complejo y en el que el aumento de tensión es acuciante, siempre va ofrecer «oportunidades», o va a generar momentos idóneos para avanzar en esa dirección. Excusas que a Israel le sirven para dar un giro de tuerca y, de paso, paliar sus propias tensiones internas.

De esta manera, Israel pudo haberse sorprendido por la brutalidad del ataque de Hamás que escapaba a su imaginario colectivo y que, dicho sea de paso, dejó en evidencia a «sus sistemas de seguridad» pero, a la vez, encontró una oportunidad para elaborar una narrativa muy cruda, muy visceral, que le permitió pasar a la ofensiva (es decir, avanzar en su proceso de ocupación) alegando el derecho a defenderse y la consabida guerra contra el terrorismo. Un relato que facilita la complicidad de la comunidad internacional en los crímenes que están sucediendo en Gaza.

Vamos a analizarlo de forma sucinta. El sionismo es un movimiento político que surgió a finales del siglo XIX con el objetivo de crear un estado para los judíos. Inicialmente, la ubicación de dicho estado se situaba en algún país latinoamericano, o africano e incluso en Chipre pero, finalmente, se optó por asumir el mito bíblico de la «tierra prometida» para escoger Palestina añadiendo, de este modo, un cariz religioso al nacionalismo político.

Hay que considerar que esto se producía ya en el contexto de la Primera Guerra Mundial en el que los ingleses, tras traicionar las promesas de independencia a cambio de apoyo del pueblo árabe, cedieron parte de su colonia palestina al movimiento sionista como «hogar nacional judío en Palestina» en el Acuerdo de Balfour de 1917. Aquí vemos otro ejemplo de cómo opera la construcción de una narrativa. Evidentemente, los árabes se enfadaron bastante con los ingleses y, particularmente, con la permisividad hacia los integristas sionistas y el agresivo avance colonial sobre sus tierras que iniciaron.

Tras varios levantamientos árabes, los ingleses decidieron deshacerse del problema y trasladarlo a las Naciones Unidas que, en 1947 votaron la partición de Palestina en dos estados otorgando el 55% del territorio a Israel. Esta solución no gustó a nadie. A los musulmanes y a los cristianos porque eran la mayoría de la población frente a los judíos que sólo ocupaban el 6% de las tierras, y a los judíos porque querían todavía más. De esta suerte, en 1948 (con el apoyo incondicional de Estados Unidos) decidieron crear unilateralmente el estado de Israel en un hecho conocido en el mundo árabe como al-Nakba (catástrofe) que supuso la expulsión de unos 800.000 palestinos de sus casas y la expropiación de sus tierras y de su patrimonio.

La ocupación de tierras por parte del estado de Israel ha continuado desde entonces atentando cada vez con mayor virulencia a los derechos humanos de la población ante la inacción de la comunidad internacional que reiteradamente incumple las resoluciones de la ONU siempre vetadas por USA.

Volvamos al problema de la narrativa. Es evidente que la mayor parte de la población judía no estaría de acuerdo con esta breve cronología de acontecimientos que hemos realizado. Y, en buena medida, alegando su antisionismo y su repulsa a la violencia. Hace poco, la cantante israelí Noa declaraba que ella, como pacifista, sentía mucho dolor por el sufrimiento del pueblo palestino y equiparaba las muertes de árabes y judíos a la vez que alentaba la necesidad de parar la guerra inmediatamente. Pero ante la pregunta de si Israel estaba cometiendo genocidio sobre Palestina, la respuesta era una negativa y la reiterada cuestión del derecho a la defensa.

El propio secretario de la ONU se puso en un aprieto al mencionar que Hamás no había surgido de la nada. Es claro que los grupos armados árabes son una respuesta violenta a una violencia mayor pero no es tan evidente que a esa violencia mayor le conviene sobremanera su existencia pues permite introducir en la gente la premisa del «derecho a la defensa» ante tales agresiones y se sabe que la mejor defensa siempre es un buen ataque. De este modo, los medios de comunicación, las instituciones políticas y los grupos de poder siempre van a vetar y a boicotear toda iniciativa no violenta que promueva una resolución del conflicto porque va en contra de sus intereses y de sus intenciones.

De lo que no cabe duda es de que la violencia no es la solución, en ningún caso, ni para los palestinos ni para los israelíes. La única salida es el camino de la no violencia que comienza por un proceso de reconciliación que incluye el reconocimiento de los dos estados, la devolución de tierras al pueblo palestino y el resarcimiento, al menos material, del daño causado. El abandono de la violencia, por ambas partes, y el cese de la dialéctica de la venganza en pos de un diálogo de la reconciliación son quimeras que, lamentablemente, se encuentran en un horizonte muy lejano y que ni siquiera dependen, exclusivamente, de los actores del conflicto.

Hay una narrativa sobre la que se debe reflexionar para poder entablar un diálogo porque, de otro modo, es imposible ponerse de acuerdo, al menos en torno a lo que queremos hablar. Otro punto de confusión creado por el argumentario sionista es el de su relación con el semitismo. Se ha asumido la idea de que criticar la política sionista del estado de Israel es ser antisemita. Aquí se juega con una especie de sentimiento de culpa histórico de la humanidad hacia el pueblo judío que se infiere a cualquiera que se posicione en contra de ellos.

La cuestión es que la mayor parte de la población de origen semita no vive en el estado de Israel y no son sionistas. Particularmente, la comunidad judía en Estados Unidos es claramente antisionista y se manifiesta explícitamente en contra de los crímenes de Israel. También muchos ciudadanos israelíes son víctimas del sionismo en tanto viven en un estado militarizado, falto de libertades y en constante amenaza. Al final, es una minoría integrista y fanática la que impone sus perversas intenciones sobre una mayoría que lo único que desea es vivir en paz.

Y esto no sólo incumbe a los ciudadanos de origen hebreo. Es importante que la población en general y, en especial, los responsables políticos comprendan que criticar al movimiento sionista no es ser antisemita. Esa es una estrategia (narrativa) más que los violentos utilizan para atacar a cualquiera que les critique arrogándose el despecho producido a todo un pueblo que sufrió la Soah (catástrofe) del fanatismo nazi. Y por supuesto, es sumamente injusto perseguir o sojuzgar a toda la comunidad judía por las atrocidades que comete una minoría que no es representativa pero es poderosa. Y no solamente porque tiene el poder de la fuerza militar sino también el poder de la persuasión, en el sentido peyorativo del término, que «legitima» una lógica cruel e inhumana.

En este artículo hemos intentado apuntar la importancia de desarmar la narrativa violentista que clama a la venganza y comenzar a construir un discurso de la no violencia que apele al diálogo y la reconciliación. Somos conscientes de la magnitud de tal empresa pero también sabemos que ese imperativo tan grosso de parar la violencia (así, en general) comienza humildemente por uno mismo. Es parte de cada uno reconocer la propia violencia interna y la propia incoherencia vital. Y cuando cada vez más personas aspiremos a pensar, sentir y actuar de un modo no violento más cerca estaremos de vivir en un mundo en paz y sin violencia. De todos depende.

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